Las cajitas de Pandora

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5 junio, 2019

Las grandes compañías de la industria del videojuego han entrado en pánico: en Estados Unidos, el senador demócrata Josh Hawley está sacando adelante una ley para regular las cajas de botín. En Europa ya hay al menos un país, Bélgica, que ha tomado cartas en el asunto, declarando las dichosas loot boxes un juego de azar que debe verse regulado como tal, y otros catorce países de la Unión Europea, España incluida, ya hablan de regular este asunto conjuntamente desde septiembre del pasado año. De poco sirven las protestas de Electronic Arts, que ha hecho de estas cajitas sorpresa piedra angular de su modelo de microtransacciones, y de otras compañías: les queda acatar la ley donde ya está vigente, y prepararse para la que se les viene encima en donde está por aprobarse.

Francamente, no les podía estar mejor empleado.

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Toda esta historia con las cajas de botín no es más que el último capítulo de la interminable saga de las grandes compañías en pos de sacarle todos los cuartos posibles a los jugadores. Primero fueron los DLC, con Bethesda abriendo la veda con aquellas armaduras para caballos. Luego, los pases de temporada. Llegaron las loot boxes, primero a los juegos free to play y luego a los títulos multijugador, y los ejecutivos y accionistas se frotaron las manos ante los pingües beneficios que iban a sacar.

El problema es que esta vez calcularon mal. Más en concreto, EA fue la que calculó mal, pensando que podía diseñar el sistema de progresión en el multijugador de ‘Star Wars Battlefront II’ en torno a las cajas de botín, haciendo casi imprescindible su compra (mediante la adquisición de moneda del juego empleando dinero real) para obtener mejoras para las clases de personaje. Las críticas desde la comunidad, unidas a las que despertó el alto coste de desbloquear personajes como Darth Vader (¿quién no querría jugar como el Jedi oscuro por antonomasia?), terminaron por llegar a los oídos de la prensa generalista, y de ahí a los de los legisladores, que se encontraron de repente descubriendo que los jueguicos estaban invadidos por mecánicas que recordaban sospechosamente a las de un juego de casino.

Y ellos ya sabían que en este casino se jugaba, pero la mayoría pensaba que era a matar marcianos.

Los movimientos de los legisladores obligan, por otra parte, a tomar conciencia de un hecho muy desagradable: los videojuegos se han visto infectados por el pernicioso virus de la ludopatía. Encima, justo cuando la OMS declara oficial una supuesta adicción a los videojuegos, contra el criterio de los profesionales de la salud mental y por las presiones desde China y Corea del Sur. ¿Cómo podemos convencer a la población general, a la que los videojocs ni le va ni les viene, de que no generan adicción cuando los más vendidos y jugados ofrecen gastar dinero contante y sonante en cajas sorpresa tan tramposas como la tragaperras del bar de la esquina?

Tampoco vale para defender las cajas la excusa del «sólo son objetos cosméticos» cuando en juegos como ‘Fortnite’ la posesión de los mismos se ha convertido en una cuestión de estatus, así como en una excusa para acosar a los que no los tienen. Los menores de edad son lo bastante vulnerables a la presión de su círculo social como para acabar gastando dinero en un puñado de unos y ceros que dan otra apariencia a su avatar, y el entorno de los videojuegos es uno en el que (por ahora) no hay leyes limitando su exposición a los juegos de apuestas.

Cajas de botín 03

Ahora que los estados alargan su brazo para poner coto a este problema, las grandes compañías lloran y rechinan los dientes. Algunas hasta temen que la legislación estadounidense acabe cargándose, de paso, las franquicias deportivas anuales. Si es así, será una lástima para los aficionados al deporte, pero eso no dejará de ser culpa de las propias empresas, que quisieron exprimir a su nueva gallina de los huevos de oro hasta que la bicha reventó y dejó de dar fruto. Podrían haberlo impedido, si tan sólo no hubiesen hecho un esfuerzo tan agresivo para estimular la compra de cajas de botín como el que EA hizo con ‘Star Wars Battlefront II’; pero el deseo incontrolado de poseer más dinero fue más fuerte, y al final las cajitas de botín se abrieron para, como la de Pandora en el mito, desatar el Apocalipsis regulatorio.

Casi mejor. Al niño que fui una vez, que nunca comprendió el atractivo de las tragaperras existiendo las máquinas recreativas, y que hasta las odiaba porque creía que las unas quitaban sitio a las otras en los bares, no le gustaría ver esa clase de cosas en su afición. Al adulto en el que se convirtió, aun con la perspectiva que dan los años sobre el tema, tampoco. Los videojuegos no deberían ser un casino sacacuartos sólo porque a los Bobby Koticks de turno les apetece tener un jet privado más, o lo que quiera que hagan los grandes ejecutivos con los beneficios disparatados que sacan. Y, si las compañías no van a ser lo bastante responsables como para moderarse por sí mismas, tendrán que ser los garantes del interés general los que les den el proverbial capón en los morros y les castiguen contra la pared.

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