Dead End Road, la versión survival horror de American Truck Simulator para PSone

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1 mayo, 2018

Mi primera experiencia de niño frente a un videojuego fue con una obra de interactive fiction con parser de texto. Existía un componente mágico y de descubrimiento en introducir secuencias de verbos frente a un ordenador, y ver al juego reconociendo nuestras órdenes. No era tanto el hecho de hacer avanzar una historia o de resolver un enrevesado puzle, sino el de lograr descifrar un resorte críptico a través del lenguaje para comunicarnos con una inteligencia artificial, preguntándonos si la deidad virtual encarnando al programador reconocería nuestros insultos, y ver que, efectivamente, todos los grandes hits en un barrio obrero de los ochenta habían sido tenidos en cuenta, en un grado que habría hecho a mi editor en GameReport empezar a tachar líneas de código.

‘Dead End Road’ es una versión lo-fi de ‘American Truck Simulator’, viajando por carreteras perdidas en un film de David Lynch a través de la América profunda. Desplazándonos entre distintos pueblos en una suerte de ‘Faster Than Light’ donde debemos hacer una correcta gestión de nuestras drogas. Pero todo empieza con un siniestra performance de brujería donde a través de un prompt de texto, se nos garantiza la consecución de cualquiera de nuestras ensoñaciones más desquiciadas.

Abuelas entrañables

Remitir al cripticismo de las aventuras con parser de texto en los ochenta, identificando ese sentido de descubrimiento y curiosidad en el jugador con la apertura de un portal a través del que comunicarnos con siniestras fuerzas del más allá, es una elección magistral de diseño. Suplantando a la otrora deidad proyección de los designios del programador por un ente demoniaco que esta vez intenta derribar esa barrera ilusoria de estar comunicándonos con una mera inteligencia artificial, haciendo del juego y su interfaz una suerte de tabla de Ouija. Donde podríamos desear la paz mundial o instaurar el New World Order, pedir por la consecución de nuestras parafilias sexuales más ocultas o una hamburguesa, pero yo pedí una cesta de gatitos y mi comando fue reconocido.

El deseo que pidamos en este ‘Scribblenauts’ porno y demente condicionará los distintos finales que podremos obtener, y ejemplifica el grado de delirio y locura que nos espera en el resto del viaje, y en cualquier juego diseñado por Depressing Drawers, donde trabajarán sobre una base de sampleado introduciendo todos aquellos elementos, mecánicas y referentes estéticos que jamás hubieses imaginado ver colindando en un mismo juego, por el simple placer de joderte tu cerebro y destruir la burguesía indie de creadores que sueñan con ser contratados por Electronic Arts, y quizás algún día y con presupuesto, plasmar su aburrida representación en videojuego de un blockbuster comercial de Hollywood.

A partir de ese punto de partida el juego adopta la estructura de un roguelite reminiscente de ‘FTL’, donde los planetas fueron sustituidos por distintos poblados y estaciones de servicio, debiendo conducir hasta el final de nuestro viaje mientras intentamos recolectar los tres artefactos necesarios para nuestro ritual de brujería.

Estas partes de conducción deudoras de ‘American Truck Simulator’ bajo un filtro gráfico de survival horror de 32 bits son el núcleo central de ‘Dead End Road’. No hay cronómetros, curvas ajustadas a las que arañar un segundo o coches rivales, pero sí hay un intento constante de subvertir los códigos o propias mecánicas del juego a través de insertos de imágenes subliminales mientras intentamos no enloquecer al volante, del mismo modo que Ingmar Bergman llenó de pollas los planos iniciales de ‘Persona’. Y como en ‘Darkest Dungeon’, debemos controlar nuestros niveles de cordura mientras sobrevivimos a los horrores de la carretera, nos aprovisionamos de drogas y tranquilizantes en estaciones de servicio, evitamos que psicofonías se adueñen de la frecuencia de la radio, o nos arriesgamos a recoger autoestopistas que podrían resultar ser locos psicópatas y así sacarnos un dinero extra para cigarrillos.

Que no falten los condones

Y con esa suma de ingredientes de grandes hits sampleados para crear algo completamente nuevo que sólo existe dentro de las coordenadas creativas desquiciadas de Depressing Drawers, el grupo performer británico vuelve a demostrar que incluso dentro de la escena indie existe una cara B invisible, de artistas radicales creando lo novissimo y que nunca serán invitados a trabajar en las oficinas de Valve. Cuyos juegos no verás reseñados en Metacritic ni seleccionados en libros con portadas en tonos pastel.

Pues Depressing Drawers aspiran a ser el primer disco de los Suicide, mientras te invitan a encenderte un cigarrillo también al otro lado de la pantalla.

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