Envoltorios de plástico para almas de ROM

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26 febrero, 2015

El otro día estaba navegando en las procelosas aguas de la red de redes cuando me topé con este post de AnaitGames de chiconuclear sobre el servicio de My Retro Game Box. Aunque esto existía en la modalidad para tiernos infantes de Nonabox, Katy y Stu, los propietarios del aquelarre, han montado un negocio bastante interesante, ayudando a alimentar el síndrome de Diógenes de miles de nostálgicos alrededor del mundo: juegos antiguos, sorpresa, para los sistemas que tengas (o elijas) de manera que cada mes te vas a encontrar una caja con tu dosis justa de circuitos y nostalgia. El problema es que van a coger irremediablemente polvo en un trastero.

Este no es un artículo que vaya a exaltar la gloria de lo digital y la desaparición de lo físico por decisiones basadas en costes. No os confundáis: soy un orgulloso poseedor de una Super Nintendo y una Sega Mega Drive alimentadas por muchas tardes de infancia. He disfrutado de la Sega Saturn como cualquier hijo de vecino raruno con el bendito Panzer Dragoon Zwei. Hasta me he puesto a desempolvar casetes y he tenido que aguantar los eternos tiempos de carga, estoico, esperando poder experimentar lo que sentían mis padres y mis tíos ante el amasijo de píxeles que capturaban su imaginación. Me podría definir como un amante de lo físico. Pero esto no es un artículo para recordar batallitas de juventud ni para presumir de una colección que tiene el mismo valor que una biblioteca de ROMs.

El problema es que estos cartuchos van a coger polvo irremediablemente en un trastero.

Los tiempos cambian como decía Michael Corleone. Lo físico se ha convertido en una reliquia. Lo retro (entendido como el cartucho de marras y no el juego en sí) es una patraña para alimentar un mercado de especuladores, decididos a sacar tanto petroleo como sea posible del agujero de los no muy precavidos coleccionistas. Soy consciente de estas dos frases terribles, sentencias que pondrían de los nervios a cualquier enamorado de lo físico pero, seamos sinceros, todo está en internet. La red de redes ha abierto un mundo donde cualquier juego de cualquier sistema está al alcance de un par de clicks y una pequeña configuración. Hasta juegos que no deberían ver la luz del día como puede ser ‘Sonic X-treme’ (aunque sea una interpretación libre del material encontrado) ya pueden ser hollados por aquellos que quieran ahondar en la maldición del erizo. Todo aquél que quiera emular la experiencia en la consola original tiene su cartucho EverDrive para probar todos aquellos pixelretro consolasjuegos que se quedaron en el limbo de las diez mil pesetas (o menos, según lo viejunos que seáis).

Los llamados retronostálgicos también son fácilmente identificables (hasta tú, lector, puedes ser uno de ellos) por una filia hacia la caja de plástico o de cartón con los bordes impolutos, como si la acabaran de sacar de su envoltorio. Una modalidad aún más terrible es aquella que busca el juego precintado para dejarlos bien visibles como si fuera un animal disecado (y pagando por el camino una millonada). Seguramente sustituyan el peluche con el que duermen por el suave tacto del plástico mientras susurran «mi tessssssssoro». La perversa razón detrás de ello me está completamente vedada.

Por último, no es raro ver a gente buscar manuales como si fueran mapas del tesoro. Todos recordamos que estos nos desgranaban el argumento de nuestra última adquisición presentando a sus personajes, los antagonistas y unos prolegómenos que después no veremos en ningún lugar de la aventura. Algunos llegábamos a empollárnoslos de lo bonitos que eran. ¡Qué decir de las contraportadas! Ese espacio que hacía de la vuelta a casa desde la tienda un viaje eterno hasta meter el cartucho en esa videoconsola ganada con el sudor de nuestra frente (y unas notas bastante justitas). Pues bien, creo que casi os podéis comprar un buen libro o un cómic que os saldrá bastante más rentable con los precios que hay actualmente en el mercado especulativo.

Space Invaders Img

Mi compañero Alejandro Patiño reflexionaba sobre la nostalgia como forma de venta y se preguntaba que para qué los hacían. Ahora yo me pregunto por qué seguimos cayendo en la trampa de la nostalgia porque ni él ha sido capaz de salir de un circulo vicioso donde pagamos por envoltorios de plástico con alma de ROM. El producto físico se ha convertido en un bien caro para aquél que pueda disponer del dinero que requiere un desembolso como tal. Ya ha pasado en el mundo de la música con los vinilos, convertidos en objetos de coleccionista. Algo más cercano a nosotros son los juegos de la consola portátil de Sony, PS Vita, (y a veces de su competidora, Nintendo 3DS) que sólo llevan su cartucho, un pequeño folleto si apuras y poco más, haciendo casi indistinguible la diferencia entre adquirir ciertos juegos física o digitalmente.

Es la consecuencia de un avance tecnológico, de una obsolescencia programada del formato físico. El resultado es evidente: un entorno donde lo físico se irá convirtiendo progresivamente en una rara avis decidida a no abandonar su nido de precios inflados y nostálgicos ansiosos de sacar su cartera. Será un nuevo producto nicho, un nuevo resurgimiento de un formato obsoleto que no tiene cabida en un entorno donde el concepto de propiedad se empieza a volver cada vez más difuso. Los echaremos de menos, como todo lo que ha poblado nuestras tardes, pero es un mal necesario para acabar con la mercantilización, con el expolio de un legado conformado por pequeños envoltorios de plástico con almas de ROM.

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