Cuando Hatsune Miku creó Minecraft

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9 septiembre, 2019

Hace una semanas que los que somos aficionados a esto de las maquinitas nos hemos visto en ese desagradable trance en el que cinéfilos, lectores ávidos y amantes del arte en general tienen que verse tantas veces empantanados: el de descubrir que alguna de las obras que nos gustan tienen detrás a un ser humano horrible. No voy a hablar aquí de los casos concretos, ni de lo que significan: ya lo hizo mi pana Fer Porta la semana pasada, y mucho mejor de lo que yo podría esperar. De lo que quiero hablar es de lo que nos queda a la hora de enfrentarnos a la obra de un ser humano horrendo.

Sí, ya lo sé. First World Problems, y todo eso. El repelús que nos provoque a partir de ahora escuchar la banda sonora de Morrowind no es nada comparado con lo que aseguran haber sufrido las mujeres que han acusado a su compositor de violación y acoso sexual, del mismo modo que la incomodidad que nos provoque disfrutar del cine de Roman Polanski es una mera inconveniencia en comparación con el horror que sufrió la niña a la que violó en 1977. Sigue siendo un problema, por menor que sea; tal vez tengamos felices memorias de niñez, adolescencia o joven madurez asociadas a un juego, a su banda sonora o a sus diálogos, que luego queden irremediablemente contaminadas por las maldades perpetradas por sus creadores; tal vez nuestro juego favorito fuera ‘Minecraft’, obra de Markus ‘Notch’ Persson, quien un día decidió vender los derechos por una millonada, aislarse en una mansión y empezar a vomitar propaganda reaccionaria por Twitter. ¡Algo hay que hacer para gestionar esos sentimientos!

Aparte, claro, de tirar la obra y los recuerdos asociados a la basura, o a la trituradora. Es una opción extrema, pero perfectamente válida.

De modo que ¿cómo actuamos cuando en uno de nuestros juegos favoritos ha participado un ser humano que luego se ha revelado, no como imperfecto o falible (todos lo somos), sino como un miserable con todas las letras?

Estatua de Hatsune Miku en 'Minecraft'

Volvamos al caso de Notch, el diseñador de juegos que se hizo rico, se retiró y se volvió de ultraderecha. Sus declaraciones misóginas, homófobas y tránsfobas acabaron con el cariño que la comunidad de ‘Minecraft’ había sentido hacia él hasta entonces, convirtiéndole en alguien justamente rechazado y hasta odiado. En concreto, la repugnancia del sector LGBTQ+ del fandom alcanzó su punto de ebullición en marzo de este año, cuando Notch dijo que las mujeres trans se sentían mujeres sin serlo, y calificó su muy real sensación de pertenecer al sexo femenino de «delirio»; la respuesta inicial del fandom fue declarar que ‘Minecraft’ no tenía creador conocido, a la manera en la que los griegos quisieron borrar de la historia de Eróstrato después de que incendiara el templo de Artemisa en Éfeso para hacerse famoso. Damnatio memoria, que decían los romanos.

Hatsune Miku en una imagen promocional de 'Persona 4: Dancing All Night'

Pero entonces ocurrió algo maravilloso. Una cuenta de Twitter dedicada a interpretar a Hatsune Miku, de profesión vocaloid, declaró el 29 de marzo que ella era la creadora de ‘Minecraft’. Notch, al ser interpelado por un tercero acerca de la proclama, y creyendo que era una broma sin malicia hacia él, respondió que «¡no se puede rebatir a la ciencia!». La respuesta de la Miku tuitera despejó cualquier duda de la opinión que le merecía Markus Persson: «a callar, tránsfobo. Yo creé Minecraft».

Podéis saber más sobre este tema leyendo el artículo que escribió Victoria Rose para Hard Noise a finales de agosto. Aquí lo que nos importa es cómo Miku, con su pelo verde y su voz melodiosa, vino a borrar de la cabeza de los fans de ‘Minecraft’ la preocupación de estar disfrutando de la obra de un tipo odioso. ¡Ya no estaban jugando al juego de un sueco millonario y filonazi, sino al de Hatsune Miku! La adorable vocaloide se convirtió así en un símbolo de los jugadores que se negaban a que su apreciación de la obra fuera entendida como un asentimiento a las boutades de su autor.

Desde entonces, la broma se ha extendido hasta grabarse en la memoria colectiva dentro y fuera de la comunidad de ‘Minecraft’, y ya ha habido otros fandoms que han declarado a Miku creadora de la obra a la que rinden culto tras descubrirse que el creador verdadero es pedófilo, racista, misógino, o algo por el estilo. Hatsune Miku se convierte así en una inversión de Alan Smithee, el pseudónimo que usaban los directores para desvincularse de películas que no sentían como suyas. En vez de eso, son los jugadores los que desvinculan al autor de su obra, al declarar que la autora es Hatsune Miku. En ninguno de los dos casos se busca realmente tapar la verdadera autoría de la obra: la diferencia es que uno reprueba un trabajo en el que han metido mano terceros hasta dejarlo irreconocible para su autor, y el otro reniega de un creador que ha demostrado no ser digno de la admiración y aplauso que despierta su creación.

No es posible volver atrás en el tiempo y evitar encariñarse con el trabajo de alguien despreciable, pero algo hay que hacer para exorcizar el espectro que un creador así proyecta sobre su obra

Lo que pasa es que la costumbre no se ha extendido lo suficiente; al menos, no en el mundillo del videojuego que la originó. Y, en vista de la cantidad de juegos cuyos creadores se han revelado más tarde como personas indefendibles y dignas de todo rechazo, va siendo hora de cambiar esto, porque una cosa es saber de antemano que a un creador de videojuegos le parece mal que haya protagonistas femeninas o de piel oscura, o que es un acosador sexual, y otra descubrirlo cuando llevas años amando sus creaciones; no es posible volver atrás en el tiempo y evitar encariñarse con el trabajo de alguien despreciable, pero algo hay que hacer para exorcizar el espectro que un creador así proyecta sobre su obra.

De modo que a ver si se pone de moda lo de incrementar el currículum de Hatsune Miku con trabajos queridos de personas odiosas. Como una especie de damnatio memoria, pero flojito. Sin olvidar a los creadores, como los griegos quisieron olvidar a Eróstrato, pero dejando claro que preferiríamos olvidarles y creer, con total sinceridad, que sus trabajos más admirados son obra de una vocaloid.

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