El mundo a través de un marco

Gorogoa y la remezcla de lo ordinario

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2 agosto, 2018

Setpieces es una sección sobre la construcción de los mundos de ficción en el videojuego. Aquí reflexionaremos sobre los mecanismos de relación entre jugador y espacio narrativo, que trataremos como un personaje más en el desarrollo ideológico, político y arquitectónico de la industria.

«Mis películas nunca tratan sobre cómo es Hong Kong, o nada que se acerque a un retrato realista, sino sobre lo que pienso sobre Hong Kong y lo que quiero que sea».
—Wong Kar-Wai

Wong Kar-Wai reúne a un pequeño grupo de cineastas en uno de los callejones de la calle Charoen Krung de Bangkok, a la altura del número 220. Allí, entre lo que a día de hoy es un destartalado almacén de repuestos para motos y la moderna embajada francesa en Tailandia, resisten los huesos de un edificio que rehúsa rendirse en su lucha contra el tiempo. Junto a dos de sus actores predilectos, un director de arte inspiradísimo y la colaboración de chefs y locutores de radio retirados, Kar-Wai se prepara para abrir una grieta en el espacio-tiempo. Sirviéndose de texturas y colores, del sabor y los olores de platos tradicionales, del eco de viejas óperas y el humo de decenas de cigarrillos, de veinte qipaos y un par de tazas verdes con los platos a juego, transforma la realidad para vestirla, durante un instante, de otra época. Por un momento, Wong vuelve al lugar donde transcurrió su infancia.

Ante la cámara, Bangkok se diluye en el humor de su memoria, desmantelada y recompuesta para que aparezca la visión de una Hong Kong que ya no puede visitarse; una ciudad demasiado acostumbrada a reescribirse constantemente que servirá de fondo para crear esa gran película llamada ‘Deseando amar’. Sin guion prestablecido, dejándose llevar por una mezcla de inspiración e improvisación, Kar-Wai dirige a Maggie Cheung y Tony Leung a través de las brumas de una relación prisionera de su propia cronología: «El amor es una cuestión de sincronización. De nada sirve conocer a la persona adecuada demasiado pronto o demasiado tarde».

Su historia se cuenta a ritmos desiguales, días que se comprimen en un solo segundo, encuentros breves que devoran metros y metros de fotogramas. Citas a las que, como espectadores, acudimos en última instancia, ocultos tras esos objetos y ese aire que encierra a la pareja en su secreto, parapetados tras los límites de una cámara que se convierte en el marco que fija la atención, que crea tanto afecto como ganas de levantarse y salir huyendo. A partir de un puñado de elementos ordinarios, Kar-Wai construye un puzle cuya solución es irrelevante, en el que lo que de verdad importa es que, aunque sea durante lo que dura un parpadeo, sus piezas llegan a rozarse.

Gorogoa montaje 01

En una charla para la GDC 2018 Jason Roberts comenta que su intención con ‘Gorogoa’ era crear un acróstico cósmico. En la génesis del título, comenta, lo que hay es una búsqueda por el significado oculto tras los límites opacos del mundo, esa fuerza que nos guía tras las tramoyas y que es el combustible básico de cualquier aventura. La de ‘Gorogoa’ es una con una doble lectura que cose todos y cada uno de sus fragmentos. En un plano, cada pieza de su mundo remite a unas conexiones que se conjugan en una mirada dirigida a través del componente básico del juego: sus marcos. En otro, la suma, concatenación y yuxtaposición de todas sus resoluciones devuelve una lección desbloqueada. Una enseñanza que no depende de los cuadros, sino del dueño de esos ojos que miran, buscan y rebuscan.

Roberts remite a un poeta amigo de su madre para describir los cimientos de ‘Gorogoa’, quien decía que la realidad era una proyección de la mente humana, un sueño lúcido envuelto en símbolos. Pistas, recuerdos y trabazones se escondían por todos los rincones de su día a día, piezas que recolectaba y remezclaba para descubrir su lugar en el mundo. Así se erige el espacio de esta obra: no es un dónde ni un cuándo concreto, sino un mood similar al que Kar-Wai invocó para traer su Hong Kong de vuelta a la vida. Y como a su película, a ‘Gorogoa’ llegamos en última instancia para asomarnos a un secreto oculto tras objetos comunes y corrientes, al otro lado una ventana cualquiera, entre los gestos de un mano.

Juntando los pedazos de ‘Gorogoa’ lo que creamos son nuevos lazos, perspectivas inesperadas que crean relatos cortísimos, un vistazo breve y fugaz a un significado efímero: el instante poético. En cierta medida, el proceso es similar a aquel que sentó las bases del célebre ‘The Witness’ de Jon Blow, la creación de una máquina de producir epifanías. Sin embargo, pese a lo relativamente tangencial de ambos juegos, Blow y Roberts fijan su posición en partes diferentes de esa cacería de la revelación. ‘The Witness’ gira en torno a la llegada, ese eureka como onomatopeya del choque de las piezas encajando en nuestra cabeza; ‘Gorogoa’ habla del camino, de la búsqueda de significado y de las formas en que fragmentos de la realidad pueden acoplarse entre sí, más allá de cuál sea el resultado de esa correspondencia. No es la conexión en sí misma lo que importa, sino el hecho de que esta exista.

Gorogoa montaje 2

Yendo un poco más allá —quizá demasiado, se admite—, podría decirse que la gran virtud de ‘Gorogoa’ es la de alumbrar un mundo como puzle, algo poco habitual en un género que suele recurrir a la dirección contraria, la de crear un puzle como mundo. El juego de Roberts no va a saco a por su epifanía particular y definitiva, hasta el punto de que esta quizá solo pueda existir, si acaso, dentro del cráneo de quien juega, en función de lo metido que esté en la experiencia o el ángulo que sus propias vivencias le imposten.

Hacia el final de ‘The Witness’, cuando descubres que el territorio es un enorme panel poblado de puntos y líneas, todo se conjuga en esa especie de vértigo energizante de cuando el perfil de un coche, un elefante o un jarrón de girasoles escapaba a los patrones de colores de uno de esos libros de El ojo mágico. Al terminar ‘Gorogoa’ no hay ni rastro de esa electricidad; no te recibe un orbital superior, un nuevo nivel de entendimiento, sino el conjunto de instantes coleccionados durante el viaje.

En la conclusión de la charla enlazada más arriba, Roberts guarda sus últimos minutos para hablar del motivo de todo esto, dejando atrás el objeto de la búsqueda para reflexionar sobre las implicaciones que tiene el estar buscando algo. En aquel estrecho callejón de Bangkok, Kar-Wai capturaba los ecos de su historia mientras pensaba en el escenario que la había alumbrado; no proyectaba lo que había sido, sino lo que quería que fuera. Con el marco como herramienta, ‘Gorogoa’ nos invita a hacer algo similar: quiere que nos paremos a mirar. Lo que encontremos tras la última viñeta no será sino lo que cada uno de nosotros y nosotras quiera interpretar.

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