El día que Tonga ganó el Mundial

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19 marzo, 2019

La historia que a continuación van a leer sucedió realmente. Se trata de una de esas pequeñas gestas que no salen en las noticias, que los periódicos omiten. Sin embargo, lo que aconteció aquel verano de 1998 en la intimidad de un hogar del sureste español sigue en la memoria de los pocos afortunados que lo contemplaron en todo su esplendor. Hoy, veinte años después —y unos cuantos meses de propina—, es el momento de compartirlo el resto del mundo.

Esta historia tiene dos actores principales. El primero de ellos hoy está ya retirado de tales actividades y dirige su propia clínica de fisioterapia; en aquella época tenía diecisiete años. El segundo tenía cuatro años menos, y aún a día de hoy sigue en activo, compaginando los videojuegos con una vida laboral que le ha llevado a conocer países exóticos y terroríficamente mortales. El primero es mi primo; el segundo, claro, soy yo.

Materia gris recién desembalada

Ya no recuerdo cuándo llegó a mi casa la primera PlayStation. ¿Finales de 1997? ¿Principios de 1998? Pero sí que recuerdo el impacto que fue descubrir el nuevo mundo de posibilidades que abría ante mis ojos con la forma de un tiranosaurio con los mejores gráficos que jamás podría tener cualquier videojuego. Han de comprender ustedes que antes de su llegada, lo que había en mi salón era un trauma por no haber tenido nunca una Game Boy y una NES piratona con dos cartuchos: uno pirata multijuegos 61-in-1 y el inefable ‘Bart vs. The World’, jugados y pasados hasta el paroxismo. Quise acompañar la compra del aparato con el título en el que había depositado todas mis ilusiones: ‘Dragon Ball: Final Bout’. A los dos días, desprecintado y girado durante tan sólo unas pocas horas, pedí a mis padres que lo devolvieran con tal de no volver a verlo nunca más. Lograron convencer a la dependienta y, con ese dinero, convirtieron mi virginal PlayStation en una bestia salvaje capaz de tragarse discos con el reverso brillante, ya me entienden.

‘FIFA 98’, también conocido como ‘FIFA: Rumbo al Mundial 98’, fue parte de la primera terna de juegos de la que dispuse, junto a ‘Abe’s Oddysee’ y ‘Porsche Challenge’. Pero cuando mi primo venía a mi casa nos olvidábamos de volantazos y marcianetes pedorros, sólo había lugar para el balompié digital. Era algo sensacional. Los jugadores se parecían —créanme: así lo asegurábamos sin sonrojo a pesar de que hoy se me haga imposible distinguir un rasgo característico que no sea un éste es calvo, éste es rubio, éste es negro—, el flujo de juego era prácticamente asimilable a un partido de verdad, y luego estaba lo que más nos fascinaba: esos comentarios de Manolo Lama y Paco González. Era como si Carrusel Deportivo narrara nuestras hazañas a todo el mundo. Mi primo y yo habíamos pasado de las chilenas supersónicas de ‘Nintendo World Cup’ a soñar con sostenerle la mirada al mismísimo Zidane en la final de la Copa del Mundo. Joder, nos habíamos hecho mayores. Se acabaron los muñecos cabezones.

«¿Es que hay fútbol a estas horas?
—Mi madre al escuchar de fondo una de nuestras eternas sesiones vespertinas»

Nauru no es país para fifas

Bien, mi primo y yo queríamos ganar el Mundial ya que, a pesar de ser ambos madridistas de pura cepa, la Liga no era sino un soso (y laaaargo) aperitivo en comparación con el esbelto y dorado trofeo de campeones del mundo. Queríamos ganar el maldito mundial, sí, pero no queríamos ganarlo de cualquier forma. Jugar con España habría sido… cómo decirlo… demasiado convencional. Prosaico. Lo que haría nuestro vecino aburrido intentando que Kiko y Raúl formaran una dupla imparable cuando todos menos Clemente sabíamos que eso no iba a ninguna parte. Había 173 selecciones disponibles, ¿por qué utilizar la del país en que por suerte o por desgracia nos había tocado nacer?

Mi primo trajo los deberes hechos de casa: había estado investigando cuál podría ser la selección más débil del mundo. No por las estadísticas que le hubieran podido otorgar los programadores, sino por el tamaño, población, tradición y, qué sé yo, ¿exotismo? del país en cuestión. La nación elegida era Nauru, estado de Micronesia, situado en el océano Pacífico central, que comprende una sola isla justo al sur de la línea del Ecuador, según estoy copiando ahora mismo de la Wikipedia. Lo teníamos decidido, íbamos a hacer temblar los cimientos del Ranking FIFA, pero hubo una infeliz circunstancia que nos impidió sumergirnos en la tarea de hacer a Nauru campeona del mundo, un pequeño detalle que descubrimos horrorizados: Nauru no aparecía en el juego.

No era ningún error de los desarrolladores —EA según las fuentes oficiales, Verbatim según podía leer yo en mi casa—: Nauru no participó en la fase de clasificación del Mundial del 98, por lo tanto no tenía sentido que apareciese disponible como equipo seleccionable. Nauru no tenía (ni tiene) tradición futbolística, ni es miembro de la OFC ni de la FIFA. La única referencia que se encuentra en cuanto a un combinado nacional de Nauru se refiere a un único amistoso disputado en 1994 contra un conjunto formado por trabajadores expatriados de las Islas Salomón que estaban contratados en ese momento en Nauru. La selección de Nauru ganó por dos goles a uno, convirtiéndose en, posiblemente, la única selección del mundo con un ratio de partidos ganados del cien por cien. ‘FIFA 98’ no nos iba a permitir mancillar tan insigne récord.

«Hola, bienvenidos. Hace un día estupendo para disfrutar de este interesante encuentro entre (pausa dramática) Tonga y (pausa dramática) Samoa»
—El presentador de los partidos de ‘FIFA 98’

Come on, shake your body baby, do the Tonga

Frustrados, dimos un repaso a las selecciones oceánicas disponibles, pues no hay nada más exótico que una selección de bandera y nombre extraño que no acertaríamos ni de casualidad a situar en un mapa. Tonga fue la elegida por dos motivos. El primero era ser la selección más débil del juego según las estadísticas mostradas en la pantalla de selección, empatada con Vanuatu e Islas Cook; y el segundo y más importante era que el nombre nos hacía bastante gracia. Éramos dos entrenadores de trece y diecisiete años que iban a convertir una selección de albañiles y fontaneros —la realidad era que la mayoría venían de su liga semiprofesional, posiblemente rebotados del mucho más popular rugby— en estrellas eternas que harían morder el polvo a Suker, Vieri, Ronaldo o Henry. Y, además, lo íbamos a hacer en la máxima dificultad, que ya veníamos entrenados de ganar la Liga escocesa con el Hearts, y nos las sabíamos todas. El mundo del fútbol iba a quedar patas arriba.

‘FIFA 98’ permitía al jugador empezar el Mundial desde el origen de coordenadas, esto es, desde el primer partido de la fase de clasificación. En el caso de la OFC (la Confederación de Fútbol de Oceanía) es una cosa bastante compleja, especialmente para las selecciones más débiles. Tonga empezaba encuadrada en el grupo de la Polinesia, junto a Samoa e Islas Cook; si quedaba primera de las tres, entonces se enfrentaba al campeón del grupo de la Micronesia a doble partido. Si por algún milagro lograba pasar, entonces tenía que ir a la segunda ronda, donde ya esperaban selecciones todopoderosas como Australia, en una estructura de dos grupos de tres equipos, similar a la anterior, en la que ambos campeones de grupo tenían que enfrentarse en otra final, determinando así el campeón de Oceanía. Pero no acababa aquí el calvario: el campeón de Oceanía no tenía garantizado el billete a Francia, sino que tenía que jugarse las habichuelas contra el cuarto clasificado asiático también a doble partido, y entonces sí reservar asiento en el avión a París. Un total de doce partidos a cara de perro, pedaleando en monociclo al borde del abismo. Todo eso era la parte fácil del camino. Los combinados más poderosos de Europa y América Latina eran colosos invencibles. Un trozo de uña del dedo del pie de Zidane valía más que el equipo al completo de Tonga, sus familias y el PIB de todo archipiélago.

Pupuu’nu, Pupuu’nu, yo quiero ser como tú

Lo primero era confeccionar un equipo fiable con jugadores que evidentemente no conocíamos y que, a decir verdad, de muchos no estoy ni siquiera convencido a día de hoy de que existieran realmente. Taufahema, Moleni, Kafoa… sólo unos pocos dejaron rastro en la red de redes. Timoti Moleni, por ejemplo, pasaría en 2015 a ser el seleccionador nacional; del resto, algún dato dudoso en Transfermarkt, o ni eso. Por aquel entonces, el mero desempeño en el terreno de juego o las estadísticas que configuraban las capacidades de cada jugador no eran parámetros suficientes para decidir nada. Necesitábamos un paladín, la estrella cuyo nombre estadios enteros debían corear, capaz de sobrepasar sus límites programados con mala fe por un despreocupado pegacódigos que jamás le vio jugar. Alguien tenía que mandarnos una señal.

Nos partíamos de risa cada vez que Lama decía el nombre de Pupuu’nu. Todavía faltaban más de diez años para la indecente escena con el mendigo en Hamburgo, así que para nosotros era un ídolo, el sonido de tantas tardes de domingo de goles en Las Gaunas imaginando jugadas hasta que, con suerte, podíamos ver los resúmenes en Estudio estadio o El día después. Que el bueno de Manuel Lama Jiménez se echara a la espalda la tarea de grabar el nombre de tantísimos jugadores, incluyendo dos intensidades para cada uno, nos parecía un regalo. Su forma de gritar Pupuu’nu mientras éste conducía el balón abriéndose paso como un demonio entre las defensas era un motivo más para adorarlo. Seguramente no lo sabía entonces, pero con ‘FIFA 98’ Manolo Lama derribó un dique más en su consagración no ya como comunicador, sino como contribuidor a una subcultura permeable que lleva circulando durante décadas de generación en generación: su voz daba validez a nuestras hazañas legendarias a los mandos de un cacharro gris. Un millón de aspectos serán más importantes, pero el diablo está en los detalles. Eso, y que tampoco dábamos para más.

Si recuerdan el título de este texto, ahora me acusarán con toda la razón de hacer spoiler. Mi primo y yo superamos la fase de clasificación, nos ganamos el pase a Francia 98 y allí superamos la fase de grupos, octavos, cuartos, semis y ganamos la gran final. No recuerdo los rivales y tampoco me los voy a inventar. Es lo de menos. Paseamos durante días, semanas posiblemente, la bandera de un país perdido de la mano de cualquier dios y lo hicimos eterno en el salón de mi casa. Allí vimos estadios enteros rendirse boquiabiertos a nuestros pupilos. Pupuu’nu, que partía como central y del que perderán el tiempo si tratan de rastrear su nombre en Google, acabó siendo nuestro delantero centro, máximo goleador del torneo y la estrella fulgurante más inesperada de todos los tiempos, alentado por el sentido vozarrón del locutor más famoso de España. Todavía hoy lo recordamos, en mitad de cenas familiares, o en el fondo sur del Cartagonova animando al Efesé; nunca sabes cuándo puede sobrevenir un «pupunú» traicionero que nos haga atragantarnos de la risa. Posiblemente ese señor siga viviendo en Tonga y, tras perder contra Islas Salomón por 0-4 y 9-0 y quedar apeados del camino al mundial de Francia, volviera a sus quehaceres con los ladrillos o la llave grifa, sin reparar en que muy, muy lejos de allí, en las antípodas, un par de mocosos lo habían convertido en un mito durante unos días en un pequeño salón unifamiliar. Un mito que durará toda la vida.

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