Dos meses viviendo en un anuncio

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18 mayo, 2017

El día que Nintendo lanzó el primer vídeo de su nueva consola de sobremesa, me pilló en la oficina, en plena tarde. Afortunadamente, trabajo en un ambiente techie y no era la única con la cuenta atrás del correspondiente Nintendo Direct abierta en el monitor. Fue sólo un puñado de minutos que confirmó lo que ya se sabía hace meses —maravillas de la era de la información, la ausencia total de sorpresa— la nueva máquina de la compañía nipona era un modelo híbrido entre portátil y sobremesa. En el spot, gente joven cambiaba entre ambas vertientes con una naturalidad casi irreal. Estás jugando en casa, te pegan un telefonazo, enganchas la Switch y te acercas al bloque de enfrente, donde te espera tu vecina entre sandwiches de salami, refrescos y muchos congéneres en edad de poblar la cola del paro juvenil.

¿Qué haces? En un alarde de inadaptabilidad social, sacas tu consola en mitad de la jarana y te pones a repartir unos manditos de aspecto ridículo entre tus recién conocidos postulantes a colegas, cuya reacción más plausible es mirar ese invento con cara de extrañeza y, en el mejor de los casos, decirte con una ligera mueca de asco «yo no juego a las Wiis». Teniendo un poco menos de suerte, quedarás como un rarito infantiloide que se ha comprado una consola con mandos en miniatura para jugar a otro ‘Mario’. Se acabaron los sandwiches de salami para siempre.

Pero, ¡ey!, no perdamos el norte. Estamos en un anuncio de Nintendo. Nada más agarrar los Joycon, la mesita de madera con las mediasnoches de jamón y queso se vuelve el centro del espectáculo. En menos que salta un Mario, has encandilado al ochenta por ciento de los presentes con esa máquina de juegos de fiesta que cabe en un bolso de mano. Las partidas al ‘Mario Kart’ fluyen entre naturalidad y risas. Todo el mundo ama la Nintendo Switch. Como un auténtico fucker, miras alrededor, te devuelven los manditos con una sonrisa triste, los enfundas en la mini pantalla y vuelves a tu casa. Cincuenta peticiones de amistad de Facebook te esperan a la vuelta.

Las opiniones en mi oficina fueron más o menos unánimes tras ver el vídeo: «yo no la voy a sacar de casa», «yo sólo la usaré de portátil», «a ver quién es el listo que juega en esa pantallita ridícula a dobles», «los mandos tienen pinta de ser incomodísimos». Nadie se había tragado el anuncio; los antecedentes inmediatos que teníamos, además, eran los bochornosos spots de la familia reunida jugando a la Wii U, con el cabeza de familia sentado en una Balance Board conduciendo un trineo con el… culo. Quien estaba interesado en la Switch ya se había hecho su propio esquema mental, y quien no, no iba a tragarse una nueva nintendada. Yo, personalmente, estaba convencida de que de terminar comprando la consola, el Dock se iba a quedar en la caja y los Joycon acoplados para siempre. Para mí era una portátil, por mucho que los nipones intentasen venderme una revolución en la manera de jugar. Y punto.

Los anuncios de Nintendo transcurren en un mundo paralelo donde todo el mundo es feliz usando su nueva consola

Elipsis de unos meses, presentación definitiva de la consola y una Nao muy mosqueada que no sabe si picar de nuevo o no mentira cochina, todos sabíamos lo que iba a pasar aquí. En mi cabeza el único motivo para comprar la maquinita era poder jugar al nuevo ‘Zelda’ en el metro, hecha un ocho en el sofá o en el baño hasta que se me durmiesen las piernas. Si hubiesen lanzado una versión sin Dock, la habría comprado de cabeza. La consola era para mi uso personal, y toda la parafernalia nintendera de alrededor, algo accesorio que solo pasaba en los anuncios de la tele.

El día 3 de marzo los dioses del reparto postal decidieron ser misericordiosos, y a eso de la hora de comer ya tenía en casa mi consola junto a la edición coleccionista de ‘The Legend of Zelda: Breath of the Wild’. Desempaqueté todo, chupé el cartucho para comprobar que efectivamente amargaba, saqué la tablet de la caja y le acoplé los manditos. Esa tarde había quedado con un par de colegas en que se pasasen por casa; obviamente la atracción fue la máquina nueva, pero como ver una portátil entre tres en el sofá es tremendamente incómodo, tocó sacar el Dock de la caja, montarlo en un par de minutos y meter la consola. Nos salió un «ooooooh» sincronizado y así echamos la noche: mira a ver qué hay ahí… ¡un kolog! Tira para allá que… ¡otro kolog! Mira, eso que brilla… ¡un kolog! Cuando se fue la visita, volví a sacar la consola del Dock, le enganché los manditos y me metí en la cama a echar otro par de horas. Algo hizo un «click» pequeñito, y no fueron los Joycon.

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Al día siguiente, con unos puntos que me sobraban en una conocida cadena de videojuegos, me compré un código del ‘Snipperclips’. Esa misma noche, salí con mi pareja a cenar y cogimos el autobús. Desmonté los Joycon, apoyé la pantalla sobre el soporte interior de la funda de la consola, e hicimos el viaje partiéndonos de risa ante las miradas incrédulas de los demás pasajeros y unos cuantos codazos y susurros con «eh, mira, es la nueva de Nintendo, ¿no?». Y yo pensé «Qué gracia… como en el anuncio». Como en el anuncio.

A partir de ese día, reconozco que mi concepción de la Switch cambió radicalmente. Cada mañana la sacaba del Dock, la echaba en la mochila e iba jugando en el metro de camino al trabajo. Al llegar a casa, continuaba mi partida en la televisión del salón. Si mi pareja quería ver una serie o simplemente me apetecía hacerme un guiñapo en algún sitio, bastaba con levantarme, dar dos pasos y ¡tachán! consola portátil en las manos. ¿Viaje de cinco horas en autobús? Salvado con la bandejita del asiento, la patilla trasera de la tableta, dos Joycon y el ‘Puyo Pop Tetris’ (aprovecho para trasladar mis más sinceras disculpas a la señora de delante, por el susto que se llevó ante mis juramentos en hebreo tras perder la partida). ¿Quedada a comer con amigos y esperando a que traigan la cuenta? En pocos segundos, Switch en la mesa, mandos desacoplados y carcajadas al ‘Mario Kart 8 Deluxe’, con camarera incrédula y maravillada cual atrezzo de spot televisivo. Viaje de trabajo en AVE, partidaca al ‘Fast RMX’ y CEO de la empresa que se interesa por la consola… y tarda una semana en comprársela. A la semana siguiente cae mi jefe y me manda un whatsapp a eso de las siete de la mañana para que me lleve a la oficina el ‘Mario Kart’. Después de comer, echamos un par de partidas juntos y al llegar a casa, continúo en la tele.

Podría seguir con muchos más ejemplos; ejemplos que parecen guionizados y montados por la mismísima Nintendo, listos para bombardear todas las televisiones de sus potenciales clientes y venderles su nueva consola…¿portátil? ¿sobremesa? El modelo híbrido me sonaba a otro de sus nuevos inventos, el nuevo anuncio padre-culo-balanceboard, pero he de reconocer que esta vez han vencido. Llevo dos meses viviendo en uno de sus anuncios, con mi Switch a cuestas prácticamente a diario, compartiendo partidas en la televisión, en la propia tableta o disfrutándola en solitario. Ahora mismo, pensando en el futuro, cualquier sistema tradicional me parece un completo atraso, y espero que la industria evolucione hacia esta nueva manera de jugar. A ti, Nintendo, solo puedo darte las gracias. Hacía mucho tiempo que no decía «estoy enamorada de esta consola». Unas gracias en voz baja, eso sí, casi refunfuñando. Ya tienes todo el tinglao bien montado. Esta vez no nos falles, y danos muchos juegos, que hace falta material para seguir viviendo anuncios.

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