Sonría, es sólo un videojuego

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10 marzo, 2015

Aunque muchas veces tendemos a cuestionar nuestra razón de existir y el porqué de nuestra llegada a un mundo al que no se le ha perdido nada por el camino, hay algo de lo que no se puede dudar del ser humano: su versatilidad. Ya sea para hacer videojuegos, correr una maratón, ponerse bragas encima del pantalón o hacer fotos de gatitos haciendo alguna cosa peliaguda pero que hacen gracia porque te miran con una carita achuchable que luego son incapaces de poner en la vida real porque así son los gatos, a lo que llamamos coloquialmente “persona” siempre le ha gustado salir de su propia zona de confort en busca de improvisar y romper fronteras, no siempre con una razón detrás que las acucie. Quizás porque lo conocido no le basta, quizás porque prefiere algo bueno por conocer que un mal previamente conocido, a veces resulta absolutamente normal seguir esta ruta y adentrarse en las ubres de la aventura, mientras otros deciden lanzarse al vacío en busca de un estado de felicidad y satisfacción superior que otros jamás han logrado o conseguirán alcanzar. Dicen que a eso se le suele llamar “ambición”. El tema que les presento va un poco sobre ello…

Está claro que el mundo de los videojuegos ha sufrido una evolución endiablada desde que a un viejales pirado se le ocurriera poner dos cuadrados en la pantalla de su tele. Lo que partió de ahí evolucionó posteriormente a un esquema único de juego con puntuación y vidas que se repetía hasta que un error aparecía por el camino. Posteriormente otro paradigma fue alcanzado con la acotación del juego en distintas estructuras (niveles) unidas mediante una idea muy platónica e inteligible de progresión, mientras a su vez brotaba otro mismo esquema idéntico desperdigado en forma de estrella, a elección del pasmado que se quedaba al otro lado de la pantalla. Hasta han llegado a verse mundos tratando de representar una realidad fidedigna sólo por el mero hecho de querer representarla. El nivel que hemos alcanzado a esta fecha es algo tan salvaje que resulta francamente imposible haberlo imaginado en su momento… Sí, parece que la ambición del ser humano no tiene límites. Sin embargo, todo esto posee un lado oscuro y es que, a medida que el factor novedad y la innovación tan manida hace acto de presencia con todo su despliegue de poder, lo que antaño fue considerado ambición pasó a verse como un artefacto de otro tiempo, no tan apetecible como lo presente e incluso algo defectuoso… ¡Qué porras! Pasó a ser una MIERDA, en boca de una buena parte de jugadores ensimismados.

Evoland Pepi

Esta es la realidad actual de los videojuegos, similar a la del propio planeta rotando sobre sí mismo de forma cíclica: los pequeños acordes de luz reluciendo hacia la atmósfera en forma de nuevos nichos de satisfacción y felicidad mientras las viejas y anteriores propuestas quedan atrás pronto sumergidas en la vorágine grisácea y mundana conocida ya por el mundo entero. Un proceso donde no fallan aquellas propuestas que logran dar la vuelta entera, reaparecer en forma de chapas y vivir un nuevo esplendor pese a ser bastante similares a lo vivido anteriormente. Ésta es la realidad de los videojuegos y esto es el día a día de muchos de sus consumidores, que no dudan en utilizar hasta el mínimo detalle para emplear sus argumentos. Para muchos, un juego antiguo que constaba de cuatro niveles y que se comercializa (con mucho orgullo) por aquellos tiempos a precio familiar hoy en día resultaría poco menos que un delito venderlo en el mercado, porque los juegos han evolucionado y poco me importan las sensaciones clónicas que puedan dar experiencias antiguas de poco más de una hora. ¿Orgullo? ¿Revisionismo? ¿Conceptualismo o cualquier cosa acabada en –ismo? Bueno, falta decir que del mismo modo existen personas que se quedan al otro lado de la opción general, apoyando estas reliquias como una expresión pura de entretenimiento frente a una actualidad pobre, incapaz de ver todo lo bueno que tenían las joyas en su momento. Las dos partes, igual de admirables, componen nuestra “persona” a la hora de prestar toda nuestra atención a un videojuego, y dependiendo del resultado encontrado somos más favorables a posicionarnos en cualquiera de las dos partes, con notable frecuencia al nomadismo.

Artículo Pepi Spec OpsEn mi caso, como persona absolutamente emperrada por buscar un punto medio a cualquier situación en la vida, me llama mucho la atención cómo una persona (realmente cualquiera de nosotros) sería capaz de reconstruirse por dentro a través de lo que es capaz de percibir fuera, como materiales maleables, endebles y buenos conductores de la electricidad que somos. Por un lado resulta plausible creer que encontrar una experiencia nueva y grata supone algo parecido a encontrarse con un oasis en el desierto o una clara luz en barrera traslúcida de ingredientes y pigmentos. Un paraíso. Es sentirse la persona más feliz del planeta una vez el minutero ha dejado espacio a su hermano mayor, indicándole que se va a poner las pilas y que debería intentar seguirle el ritmo. Sin embargo, la otra cara de la moneda no deja de tener su propia visión certera y convincente de la realidad. Dentro del leve riesgo que nos supone salir de nuestro ámbito y espacio de comodidad dentro de un videojuego, podemos lograr encontrarnos con experiencias que nos llamen y nos agraden mucho con su presencia, pero que no terminan de satisfacernos en nuestra plenitud; y que a veces esta puede encontrarse en ámbitos mucho más simples de la vida como puede ser saltar sobre enemigos, explorar una mazmorra subiendo de nivel o quedarse agazapado debajo de una caja para evitar que te pillen y ver qué chascarrillos se cuentan los guardas de seguridad mientras preguntan a Bertín por el contenido de la caja. Nos podemos pasar horas y horas y horas siguiendo esos patrones preestablecidos y puede que no haya tutía para salir de ellos: las cuatrocientas horas de ‘Brawl’ que marca mi hermosa Wii pueden dar fe de ello. Combinar ambos factores suele ayudarnos en nuestro camino hacia la felicidad dentro del interesadamente cuestionado octavo arte, pero el choque de ambas partes representadas suele encontrarse un terreno de caos donde los binomios en conflicto nos muestren duda, desidia, rencor, rabia o más bien frustración, llegando a tirar por la borda todo goce alcanzado con un videojuego en cuestión (completamente comprensible en caso de tener dos efes en el nombre).

Entonces, ¿dónde radica tanta felicidad de pertenecer a este mundillo y vivirlo al máximo de sus posibilidades? Precisamente ahí reside la dificultad de narrarla con palabras, pero como no podía ser de otra forma no deja de consistir en la búsqueda de un punto medio entre ambas acepciones que gozan equidistantes de la misma validez, todo dependiendo alrededor del factor más importante de todo el sistema: la persona en cuestión. Tú mismo. La felicidad en un videojuego puede estar ahí donde desees que esté. La perfección, en el epítome que irradia de tu cabeza. Las ganas de jugar y compartirlo con los demás… Todo ronda alrededor del propio jugador a la hora de dictaminar sentencia sobre un videojuego y valorarlo, para lo bueno y para lo malo en su mente, y cualquiera de los caminos y argumentos esgrimidos le sirve para reforzarlo en su interior. Quizá pueda decirse que el jugador libre sea aquel que sea capaz de reducir estas ideas en su cabeza y darlas a conocer con los demás sin ningún atisbo de retractación o cuestión sobre su propia fe… lo cual dice mucho de la naturaleza del jugador habitual en muchos sitios arrelados de la World Wide Web. He ahí también el problema que suele poseer también el querer vivir demasiado de esta experiencia: en forma de debates, discusiones e incluso trastornos canalizados en odio y rebeldía frente a un título, una marca, una persona o un grupo. El lado oscuro de la pasión o el fanatismo por un simple y miserable juego puede mover montañas y hasta continentes si me apuran por todo lo que pueda rodear, a favor o en contra, en el conflicto y en el acuerdo. En algunas ocasiones admirable y defendible, muchas otras deleznable y repelente.

Pasó a ser una MIERDA, en boca de una buena parte de jugadores ensimismados

Pero hablábamos de la ambición y de dónde podríamos encontrar la mayor felicidad a través de un videojuego, más allá de la metafísica que a muchos atrae. Quizá tengamos que ser conscientes a estas alturas de que somos mayorcitos, de que quizá la verdadera ambición se encuentre a la hora de dignificar este hobby tan personal que poseemos mediante el ejemplo y la comprensión, librándonos de prejuicios y actuando frente a lo que somos capaces de ver en la pantalla. Cada videojuego es un mundo y la felicidad en él podemos encontrarla en los cachitos que creamos convenientes y que nos gustaría compartir con los demás. Ambición podría ser también no sólo valorar el esfuerzo que pueda estar detrás en la elaboración de dicho juego sino también en la percepción que supone para otras personas, dejando espacio hacia el debate de traje y corbata que no casa con la bilis, el Hemoal o en general todo aquello relacionado con las musarañas encargadas de marear la perdiz. En el fondo, la ambición o la felicidad en un videojuego no caben dentro de la experiencia, sino que tienen que ser la base en la que podemos sostenernos para disfrutar de este mundillo. Eso y quizás un juego de gatos rockeros viajando en el tiempo: ¡alguien debe tener la ambición para hacerlo!

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