NeuroVoider
Pium pium, trucu trucu

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14 febrero, 2019

Podría hacer un Playing Right Nao sobre mi vida estos últimos meses, porque ha transcurrido cual jueguico de David Cage, en modo peli interactiva ante mis ojos, salpicada por unos cuantos QTE: “¿Qué eliges? Dormir 8h y vivir en el caos o dormir 4h y atender la vida adulta?» No me malinterpretéis; no os voy a meter una llorosa entrada de blog a lo ‘El diario de Noa Nao’, pero ese sentimiento que os contaba en mi último texto es, bajo estas circunstancias, más exacerbado que nunca. Me encuentro con cero fuerzas mentales para pensar a qué quiero jugar ahora, así que he recurrido a lo fácil: ver si la batería de mi Switch seguía viva, cargarla, abrir mi maravillosa y colorida biblioteca de iconitos de colores y buscar un rinconcito cómodo, seguro y conocido. El agraciado ha sido ‘NeuroVoider’.

El género roguelike, los pixelitos de colores y los twin stick shooters son el trigger perfecto para lanzarme a comprar algo de forma compulsiva sin que nada más importe, cual millennial en un mercadillo de aguacates. ‘NeuroVoider’ cumple estos tres requerimientos sobradamente, así que fue uno de los tantos instabuy descerebrados que debería empezar a limitar todos hacemos alguna vez. Y… redoble de tambores… salió bien.

NeuroVoider

La premisa es sencillísima y archiconocida: En cada nivel, elegimos entre tres mapas procedimentales clasificados según su extensión, rareza del botín y dureza de los enemigos. Para salir airosos, debemos encontrar y destruir un determinado número de núcleos de energía mientras nos abrimos paso entre los proyectiles, enemigos, explosiones y recogemos todo lo dropeable que se cruce a nuestro paso. A partir de aquí, consiste en repetir hasta la muerte —literalmente— como buen roguelike que se precie. Si palmamos, lo perdemos todo.

Hasta aquí, ‘NeuroVoider’ no ofrece nada que no hayamos visto ya mil veces. Las particularidades de este twin stick vienen construidas en torno a los robots que manejamos: podemos elegir entre tres clases diferentes de robot —ágil, equilibrado y tanque— y mejorarlo con los componentes que hayamos conseguido al finalizar cada nivel. Si tenemos un set de componentes que comprenda un core, vision y transport de una misma clase, podremos cambiar nuestro robot a esa categoría. Por supuesto, también podemos elegir entre una amplia variedad de armas para cada uno de nuestros brazos, con una cadencia, proyectil, potencia y gasto de energía distintos.

NeuroVoider

Este último parámetro es el que articula el grueso de la jugabilidad, ya que si disparamos de forma constante, nuestro robot se recalentará y nos enfrentaremos a un periodo de cooldown en el que sólo podemos movernos sin atacar. Sin esta particularidad, ‘NeuroVoider’ podría pecar de sencillote, porque no hay mucho más donde rascar a nivel jugable y no estamos, ni mucho menos, ante un bullet hell donde posicionarse y moverse entre las balas sea la clave de todo. El tener que gestionar la capacidad de ataque añade un componente táctico que elimina la posibilidad de ir en modo berserker descerebrado contra los enemigos y nos obliga a recurrir a coberturas y gestión de las armas para poder salir airosos de los enfrentamientos más duros.

Y hasta aquí… repetir y repetir hasta morir. ¿Lo bueno? Poder ir probando diferentes armas —e incluso cambiar de clase— después de cada nivel rompe bastante la inherente monotonía de un planteamiento tan sencillo. Dentro de cada clase también podemos hacer nuestros pinitos con armas melee en vez de lanzar proyectiles, y en cualquier momento podemos añadir un máximo de tres amigos a la partida para disfrutar de un modo cooperativo local que tiene su gracia. Si lo envuelves todo con un apartado gráfico colorido y bien crispy, música techno que ambienta pero no machaca y una curva de dificultad súper asequible, el resultado es bien majo.

NeuroVoider

Si nos ponemos pragmáticos, lo cierto es que ‘NeuroVoider’ no tiene ese toque estrella que lo convierte en una opción distinta y especial; es un plato cocinado con ingredientes de los de toda la vida, pero elaborado con cuidado. Cocina sin grandes aspiraciones pero rica, de la de menú del día casero. Y esto, en un mercado plagado de fastfood a precio de chuletón y de precocinados con sabor a corchopán, es una virtud digna de reconocimiento.

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