Ejercicio de futilidad

The Order: 1886

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20 junio, 2016

Si hay una palabra que define a la perfección el espíritu de los años vividos en Reino Unido bajo el reinado de Victoria, es sin duda cambio. Los agresivos avances técnicos y mecánicos alimentaban el cáncer de la industrialización, cuya metástasis se extendía prácticamente a todos los estamentos de una sociedad extrema, azotada por enfermedades como el tifus o el cólera, resignada a la doble moral de la represión enfrentada al vicio más descarriado y subyugada por la más feroz desigualdad política y económica. Caldo de cultivo ideal para la rebelión, Reino Unido pasó en pocos años del inmovilismo social del medio rural al apogeo de la lucha de ideas y clases y a la reivindicación propia de la bulliciosa actividad industrial.

Cautivados por una de las más agitadas etapas de la historia, los chicos de Ready at Dawn se pusieron a trabajar en una obra que, aprovechando esta convulsa época, introdujera elementos fantásticos suficientes para atraer al gran público. Y, aunque resulte como poco curioso añadir elementos steampunk a la época victoriana, el gusto con el que dichos elementos se introdujeron es digno de elogio. ‘The Order: 1886’ nos presenta un Reino Unido donde el alternativo avance científico, tecnológico y político no consigue ocultar un mundo duro, sucio y decadente. La orgullosa pompa y el donaire de las clases más beneficiadas contrasta poderosamente con la tosquedad y violencia de las más desfavorecidas. Pero como si esto fuera poco, Ready at Dawn se atreve a introducir el componente racial en una mezcla ya de por sí explosiva. La antigua guerra entre los humanos y los licanos, seres antropomorfos capaces de controlar su licantropía, alcanzó hace años un punto de no retorno. La emergente tecnología había sido capaz de crear armas que desequilibraran la balanza del lado de los humanos; mas los licanos, incapaces de enfrentar tamaña amenaza, se habían visto obligados a esconderse para no desaparecer. Pero es ahora el momento preciso para su retorno, cuando la antigua orden de origen artúrico comprometida a batallarlos y controlarlos juega un papel arcaico y vanal en una sociedad que hace ya largo tiempo que no la necesita.

The Order 2

‘The Order: 1886’ es una propuesta previsible y formulaica. En un alarde de originalidad, su secuencia inicial es ya un claro avance de lo que nos espera. Con un inicio de aquellos in media res que logran que el jugador preste la mayor de las atenciones, no tardaremos en darnos cuenta de que esa es, precisamente, una de las mayores virtudes del título. La narrativa atrapa porque está a la altura de las mejores producciones del videojuego, pero también el apartado artístico juega un papel fundamental. Nos enfrentamos a un mundo de luces y sombras, tan atractivo como inhóspito, que reclama nuestra atención y parece jugar al escondite con una trama que, seguramente demasiado rauda, avanza sin darnos demasiado tiempo a paladear toda la riqueza que los escenarios son capaces de ofrecer. Queda la sensación de quererse perder durante más horas en ese Londres tan industrializado y tecnológico, con la bohemia de sus enrevesados ingenios eléctricos y la bella estampa de sus zepelines sobrevolando las chimeneas de las vetustas factorías troqueladas sobre el cielo nublado. Lamentablemente, cuando acusamos por primera vez esta necesidad, ya hace tiempo que el título de Ready at Dawn tomó la directa, y lo que parece una misión de reconocimiento al margen de nuestro mando directo en la Orden, acaba convirtiéndose en una trama principal que, como mucho, araña una pequeñísima parte de las expectativas creadas con el mundo de juego.

‘The Order: 1886’ se siente vano y apresurado, parco en sus mecánicas jugables y demasiado guiado en lo narrativo. Como si de una película taquillera o el último best seller del escritor de moda se tratara, la única ambición del título es puramente narrativa, su única misión: el entretenimiento más burdo a costa del cliché más anodino y previsible. Y sin embargo, denota una falta de madurez terrible a la hora de enfrentarse a determinados aspectos de la trama, ya que trata de maquillar sus evidentes limitaciones a golpe de efectistas recursos. El mejor ejemplo: la innecesaria aparición de un Nikola Tesla que se antoja más un cameo provechoso que una verdadera conveniencia narrativa, sobre todo si tenemos en cuenta que el serbio nunca residió en Reino Unido. Tampoco la entrega total a aquellos mitos y leyendas artúricos que poco o nada de sentido tienen en un entorno victoriano sirve para dotar de credibilidad y empaque a una historia que, debido a todos sus atractivos, sencillamente no necesita de tan burdos recursos.

Pero es en lo jugable donde ‘The Order: 1886’ fracasa con mayor fuerza. El peso específico de las secciones más puramente jugables del título es tan limitado que se antoja prácticamente accesorio. Con unas mecánicas de third person shooter aburridas y arcaicas, ancladas con descaro en el inmovilismo propio de las cacareadas coberturas, la aventura de Sir Galahad ofrece poco reto al jugador medio; incluso jugando en el modo difícil, apenas habrá un par de tiroteos durante toda la aventura que precisen de un mínimo de habilidad o estrategia. Acusa en todos los aspectos jugables una falta de profundidad tan desmesurada que resulta increíble que se trate de un triple A de Sony. Por poner algunos ejemplos, la inteligencia artificial cuenta con diversas taras que lastran la experiencia y la cantidad de armas, pese a ser aceptable, denota una alarmante falta de versatilidad, al haber varias muy semejantes. El armamento científicamente avanzado, por su parte, cuenta con una espectacularidad digna de elogio, pero es poco útil al tratarse, en su mayoría, de armamento pesado y lento, que no sólo resulta innecesario debido a la poca dificultad de los tiroteos, sino que entorpece y limita las ya de por sí parcas habilidades para el movimiento de Sir Galahad.

‘The Order: 1886’ se siente vano y apresurado, parco en sus mecánicas jugables y demasiado guiado en lo narrativo

Mientras que los valores de producción como el apartado técnico, el doblaje y la ejecución —que no el contenido— de la narrativa brillan a un nivel altísimo, no encontramos nada en ‘The Order: 1886’ que pudiera justificar su mera existencia. Se trata, por mucho que duela decirlo, de otro third person shooter sin alma por el que nos arrastramos superando con vergonzosa facilidad y desinterés todos y cada uno de los tiroteos que, sin pena ni gloria, nos propone la guionizada trama. Nos enfrentamos a un desarrollo pasillero y anodino con la única promesa de una nueva cutscene que arroje algo de luz sobre una trama que, pese a los clichés, atrapa debido a lo efectivo de la narrativa y el carisma del mundo creado para el juego.

Resulta difícil tratar de ser justo con ‘The Order: 1886’, un producto que parece no haber entendido del todo bien lo que es un videojuego y se centra tan sólo en tratar de brindar lo que piensa que gustará al gran público. Se trata de un título que no encuentra su sitio ni entre las propuestas más narrativas —y perfectamente válidas— del sector, como ‘Heavy Rain’ o ‘Beyond: Two Souls’ ni entre aquellas propuestas palomiteras más ambiciosas en lo jugable, como la saga ‘Uncharted’. ‘The Order: 1886’ es un frankenstein improvisado y barato, un amasijo de convenciones mil veces vistas y mecánicas harto utilizadas que busca ofrecer un poco de cada apartado pero acaba sin alcanzar la profundidad deseada en ninguna de sus facetas. Es al mismo tiempo una oda y una radiografía actual del medio, tan centrado en vendernos productos sin parar que tan sólo se preocupa de que sean bonitos y atractivos por fuera, sin intentar siquiera que realmente ofrezcan experiencias disfrutables o profundas, no digamos ya ambiciosas. Un ejercicio de futilidad y frivolidad tan magnánimo como vergonzoso. Pero ¿qué importa todo eso si logras vender una secuela?

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