Quedarse atrás

por

17 diciembre, 2015

Ilustración original también de Elena Flores («Nao»)

Los videojuegos son para mí algo más que un hobby. Quizá para muchos —tristemente— suene infantil, pero tengo la esperanza, querido lector, de que te sientas identificado conmigo. Con estas líneas. Porque tal vez te ocurra como a mí y, a pesar de seguir disfrutando de este maravilloso mundillo, convivas con un sentimiento incómodo que se ha instalado en tu colección, entre cajas, consolas y cables. Un sentimiento que crece con cada nuevo juego que apilas porque ya no caben más en las estanterías, con cada escritura en tu disco duro al instalar un nuevo juego en tu biblioteca virtual, con cada e-mail de confirmación que te felicita por haber reservado el próximo lanzamiento sonado. Recuerdo aquel verano del año 2000, en el ya extinto Pryca de Hortaleza. Tocaba ultimar las compras para ir de vacaciones y mi padre me permitió escoger un juego para llevarlo al viaje.

Recuerdo corretear por el pasillo de Game Boy, donde la mayoría de huecos en las estanterías los ocupaban juegos para la revisión a color de la portátil estrella por antonomasia, que yo no poseía. Recuerdo a mi padre advirtiéndome que no cogiese un juego al tuntún, que si no me gustaba ninguno, no podíamos tirar el dinero. Recuerdo acompañarle por los pasillos, haciendo la compra, mientras me lamentaba por no haber encontrado ningún título que me gustase. ¡No todos los días le compraban a uno un videojuego! Y entonces, me di cuenta de algo: ¿por qué elegir alguno para la otra consola que tenía? Mi flamante y prácticamente recién estrenada PlayStation podría venirse conmigo de veraneo, ya que el destino de ese año era la casa de unos familiares…

La compra ya estaba colocada en la cinta y tiré a mi padre de la camisa.

—¡Papá, papá! ¿Puedo coger un juego de la Play?

—Está bien, pero no tardes porque ya casi nos toca pagar. ¡Corre!

Si para un niño de nueve años es complicado elegir un juego de una estantería llena de carátulas brillantes y coloridas teniendo toda la tarde, hacerlo en dos minutos se antoja una tarea imposible. Automáticamente dejaron de existir todas las portadas con etiqueta negra e hice un repaso rápido por todos los juegos Platinum. La línea económica de Sony era la única permitida para mí desde que la consola entró en mi casa, por lo que coger un juego fuera de ella quedaba descartado de entrada. Para mi frustración, ninguno logró ni siquiera que lo sacase de la estantería para mirar la contraportada. No había nada que me gustara. Mi padre me hacía señas desde la caja e hice otro barrido visual desesperado por toda la sección…

Decidiendo entre juegos

‘Rayman 2: The Great Escape’ estaba en la balda más alta, con su flamante portada etiquetada en negro bajo un estridente cartelito que rezaba «¡Novedad!». Me puse de puntillas y conseguí bajarlo para verlo más de cerca. El disco de la última PlayStation Magazine me había mantenido pegada a la pantalla numerosas horas repitiendo una y otra vez la demo del juego. Volví a mirar a mi padre: me había quedado sin tiempo. En vez de volver a auparme para dejar el juego, sin saber muy bien por qué, lo cogí y salí corriendo hasta la caja.

—¿Ése? Venga, ponlo ahí, que ya está todo pagado. ¿Te gusta seguro?

—Sí, me gusta mucho, he jugado a la demo…

—Pues venga, corre.

—Pero papá…

—¿Qué pasa?

—Que… que cuesta 7990 pesetas. Vale mucho dinero. No sé por qué lo he cogido… Voy a dejarlo otra vez.

—Bueno… Venga, ponlo. Vamos a pagar.

La compra de ‘Rayman 2: The Great Escape’ es uno de los recuerdos que albergo con más cariño y que conforme pasa el tiempo, me produce más nostalgia y tristeza. Han transcurrido más de quince años y no olvido la mezcla de ilusión, nervios, incredulidad y felicidad al salir del hipermercado con el juego entre mis manos. ¿Sabrías decirme cuándo fue la última vez que comprar un juego te produjo esas sensaciones? Yo soy incapaz.

¿Sabrías decirme cuándo fue la última vez que comprar un juego te produjo esas sensaciones? Yo soy incapaz

«Es que ya no eres una niña, has crecido», me dirás. No creo que esté relacionado. Como te he dicho al comenzar este texto, para mí los videojuegos son algo más que un hobby. Me han brindado sensaciones maravillosas, momentos increíbles y miles de horas de diversión. Han marcado mi futuro laboral y han formado mis ilusiones y mis metas profesionales. Por eso me entristece que todos esos sentimientos hayan desaparecido. ¿Qué es lo que ha pasado entonces?

Una persona me dijo el otro día «Me encanta este trabajo, pero tengo un problema grave: conforme voy aprendiendo, me doy cuenta de que no tengo tiempo suficiente para poder investigar, comprobar y experimentar todo lo relacionado con esto; cuantas más cosas sé, más estúpido me siento». Creo que ese es el principal problema que tengo. Cuando era más pequeña, mi única preocupación era que llegase pronto el verano y la Navidad para poder recibir, como mucho, un par de juegos que debía estirar durante al menos seis meses. Lejos de suponerme un motivo de tristeza, descubrir todos los secretos e incluso rejugar varias veces el mismo título implicaba disfrutar al máximo de este hobby. Cuándo o cómo jugase no importaba, mientras pudiese hacerlo. Ahora, la industria sigue un ritmo voraz, implacable e irrefrenable: first parties novedosas, remasterizaciones para los rezagados, indies brillantes, continuaciones estrella… pero tú y yo, nos quedamos atrás. Observamos con impotencia cómo desfilan ante nosotros decenas de lanzamientos mensuales, cómo el pasillo del hipermercado cada vez tiene más y más carátulas donde elegir. La lista de juegos pendientes engorda a un ritmo desenfrenado y, paradójicamente, cuanto mayor es nuestro capital para comprar juegos, menos tiempo tenemos para disfrutarlos.

Paradójicamente, cuanto mayor es nuestro capital para comprar juegos, menos tiempo tenemos para disfrutarlos

¿Y qué más da que no puedas jugar a todo lo que sale? No me malinterpretes; no pretendo probar ni comprar todos y cada uno de los lanzamientos, pero a pesar de que esta industria, tal y como comentaba hace unos meses mi compañero Soquam, se ha convertido en una máquina escupe-productos sin reparar en criterios de calidad, los juegos que, podríamos decir, “merecen la pena” salen a un ritmo superior al que consigo acabar los que tengo pendientes. Y aquí, quizá, también estés de acuerdo conmigo, y es que jugar a un título de salida no es lo mismo que hacerlo meses o años después. Para mí, sobre todo, supone una diferencia muy grande. Primero, porque también me gusta escribir sobre videojuegos, y porque jugar a ellos me sirve como formación para mi trabajo. Con semejante ritmo de lanzamientos, a las mentes creativas se les acaban las hojas de ideas innovadoras. La clave no es inventar, sino reinventar, y a la hora de poner las manos en el nuevo artículo ídolo de masas… ¿cómo puedo saber de dónde bebe y cómo lo hace? ¿Qué descubre y qué recicla? ¿Cómo puedo analizar la enésima entrega de la saga de moda si no pude jugar a los anteriores? La ilusión y la despreocupación han dado paso al agobio y las prisas. Por otro lado, entra en juego otro sentimiento que probablemente también compartas conmigo: ese “orgullo” de jugador basado en los títulos que hemos completado, que nos permite disfrutar de cada debate del mundillo y apreciar todos los matices, guiños y referencias presentes en otros títulos.

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Ahora mismo me siento como uno de esos padres cuyos hijos han crecido y han abandonado el nido dejando el sentimiento de que no han podido disfrutar todos los momentos al máximo. ¿En qué instante la industria adoptó este ritmo desenfrenado y pasó de hacerse de rogar a enterrarnos bajo montañas de lanzamientos? Ya no queda nada, compañero, de esa persona cuyos días más felices eran aquéllos en los que un selecto título pasaba a engrosar su humilde pero tremendamente querida y disfrutada colección… Te confesaré algo, que quizá, otra vez, también te ocurra: a veces compro juegos para no sentir que me quedo atrás, como si fuesen una especie de papeleta de pertenencia a este hobby… «sí, mira, sigo metida en el mundillo, sigo disfrutando, tengo este título que acaba de salir, o tal otro…» A veces sólo juego las primeras horas. Otras, sólo los abro. Incluso a veces —confieso avergonzada que me ha ocurrido— se quedan precintados. A veces mi papel en esta industria es una suerte de mecenazgo paradójico que alimenta mi hobby mientras, al mismo tiempo, me deja cada vez más atrás, con más y más juegos esperando algún día a ser jugados, y más y más momentos de compras sin ilusión, sin ganas, casi por obligación.

A veces mi papel en esta industria es una suerte de mecenazgo paradójico que alimenta mi hobby mientras, al mismo tiempo, me deja cada vez más atrás

No creas que no he hecho propósito de enmienda. Seguro que tú también, ¿verdad? «No voy a comprar nada hasta que complete este juego». «No pienso reservar ni un sólo lanzamiento este año…» Pero como casi todas las promesas y propósitos que hacemos, acaban borrados, barridos como si los hubiésemos escrito en la arena.

Estantería de juegos

Fíjate si habrá cobrado importancia todo este mundillo que ya, hasta nos etiquetamos en grupos. Qué orgullosos están muchos de pertenecer al llamado colectivo hardcore, ¿eh? Como si fuesen los miembros veteranos de una liga vitoreada y admirada por muchos: los que siempre han jugado, los que tienen las joyas de hace décadas, los que conocen todos los géneros… mirando por encima del hombro a todos aquellos pobres infelices que se contentan con echar partiditas en su móvil o encender alguna consola de Nintendo de vez en cuando. Yo, sin duda, me habría etiquetado sin pensarlo en el primer grupo, pero ahora, dudaría. No por mi perfil de jugadora —sigo probando numerosos géneros y, afortunadamente, todas las vivencias pasadas siguen ahí—, sino por la actitud. Ojalá pudiese volver a jugar con total despreocupación, sólo por disfrutar de un rato libre, sin pensar en las horas que tengo que invertir, lo que me aguarda en la estantería y sin mirar de reojo el calendario con el próximo lanzamiento anotado. Ojalá volviese a entrar en una tienda de videojuegos con un par de billetes en la mano y me tirase la tarde entera embobada con las carátulas, meditando cuidadosamente qué juego iba a ser mi acompañante durante los próximos meses. Me temo que es un deseo que también se llevará el viento, pero al menos, querido lector, espero que estas líneas te hayan hecho recordar aquellos días en los que disfrutabas de verdad. Nunca los olvides. Quién sabe si algún día lograremos volver a jugar así.

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