Driver: San Francisco

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20 octubre, 2016

Siempre hay algo que queremos conseguir. Algo que nos motiva a llegar a alguna parte y soñar sobre lo que en el futuro podríamos alcanzar, como el cuento de la lechera. Todos tenemos ambiciones y deseos que no queremos dejar de escapar. Y, en algunos, casos se apoderan de nosotros. Pueden volvernos una sombra obsesionada en la búsqueda de triunfo a cualquier precio, casi autodestructiva, y que al final nos haga dejar atrás lo que de verdad importa.

‘Driver: San Francisco’ comienza en la ciudad homónima con el detective David Tanner, un conductor excepcional y plenamente seguro de sus habilidades. Decide seguir el furgón policial del que es su archienemigo, Jericho, por miedo a que se fugue. Las mieles del éxito están cerca y parece que el protagonista puede dejar de obsesionarse con él y vivir su vida. Pero el traslado sale mal, comienza la persecución y un camión acaba estrellándose con el coche de Tanner, induciéndole un coma. Pero no lo lleva a una San Francisco de los años 70 como si fuera una carta de amor a ‘Life on Mars’, aunque lo sugiere el tono y la banda sonora. Tanner cree seguir despierto, al frente del volante, y lo único que quiere mientras su cuerpo agoniza es cazar a su presa, sea como sea. Por suerte, estar soñando tiene sus ventajas, aunque no sea consciente de su situación.

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Que el juego transcurra en un sueño es la justificación perfecta para quitarse los guantes y dejar las cosas claras. Aquí venimos a jugar, sin importar lo loco que estemos. Los británicos de Reflections deciden hacer frente a su legado saliéndose por la tangente, pero en vez de copiar a ‘GTA’ como llevaban haciendo desde ‘Driv3r’, deciden echarle cara y que su personalidad domine el tono del juego. Para ello se recrean en todas sus referencias, las películas de persecución de los 70 como ’60 segundos’ o ‘Punto límite: cero’. Los coches son los protagonistas, y todo gira alrededor de ellos para hacernos sentir como los personajes de esas cintas. Es un sueño hecho realidad, somos el mejor conductor del mundo en una ciudad que con su verticalidad invita a persecuciones frenéticas con saltos imposibles y a usar todos los coches de la ciudad… en sentido literal. La mecánica del shift es la que distingue este juego de otros, y no es baladí. Con sólo pulsar un botón entraremos en una vista de pájaro con la que podremos seleccionar cualquier coche (o camión, o bus) que haya en el mapa, y conducirlo. El nuevo don de Tanner no sólo le permite sacarle las castañas del fuego a policías y corredores callejeros y hacer trabajo de infiltrado con toda la facilidad del mundo; también nos permite cambiar de coche en medio de una persecución si nos quedamos demasiado atrás o el nuestro está destrozado… O seguir la vía Criterion para resolver los problemas y utilizar los vehículos que controlemos como balas que lanzar de frente contra nuestros rivales. El shift es la base pero no sólo a nivel mecánico sino en lo narrativo. Cada nivel hace que podamos subir más y tener una visión mayor sobre el plano general de la ciudad y de la situación en que nos encontramos. Además de que, cuando lleguemos al máximo, sabremos que nos queda poco en ella.

Y es una pena, porque no querremos despegarnos ni despertar. La conducción es arcade, invita a tomar las curvas cerradas mediante freno de mano y quemando neumático. Derrapar se vuelve un pilar aunque no esté todo lo equilibrado que debiera y algunos coches patinen demasiado. Pero incluso con ello se siente bien todo lo que hacemos: saltar por las cuestas de San Francisco, chocar con coches para sacarlos de la carretera e incluso utilizar el turbo. Hay amor por el motor, pero más bien por la imagen que tenemos en nuestra cabeza sobre ese mundillo: velocidad imposible y adrenalina segregándose en cada giro infundida por el cine del que trae causa. Del que no huye como referente con esos desafíos sacados de ‘Bullitt’, ‘Starsky y Hutch’ o ‘The Driver’. Todo ello invita a conducir y recorrer la ciudad de la bahía, aunque no podamos hacer el cabra todo lo que queramos, porque sólo podremos movernos por las carreteras y eso rompe mucho el ritmo de juego. Y, aun con esas, quiero conquistar el asfalto y cada uno de los retos y desafíos que me propone la gran ciudad. Quiero ser el conductor y nada va a pararme. Ni siquiera esa historia que invitaba a tratar la obsesión y acaba siendo un poco anticlimática. Mis razones son otras y nada va a detenerme.

Hay amor por el motor, pero más bien por la imagen que tenemos en nuestra cabeza sobre ese mundillo: velocidad imposible y adrenalina segregandose en cada giro

‘Driver: San Francisco’ me absorbe. Es pura diversión, como aquél otro tapado de Ubisoft, ‘Call of Juarez: Gunslinger’, y además derrocha casi tanta personalidad como el título de Techland. Es una vía para cumplir ese sueño de ser un conductor sacado del celuloide. Quiero caer en sus garras y no salir nunca de ese coma profundo. Pero tarde o temprano me tendré que levantar. Hay cosas importantes que requieren mi atención. O tal vez no. Tal vez sigamos soñando.

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