Surfeando hacia la libertad

Assassin’s Creed IV: Black Flag

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11 mayo, 2016

El presente artículo (debidamente revisado) fue publicado originalmente el 30 de junio de 2014 en GameReport #3

Es habitual encontrarse, cada cierto tiempo, con un texto plagado de sentencias esdrújulas, cándidas hipérboles y la locura injustificada de un momento de algarabía. Todo bien. Ese texto se escribió con placer y no es ajeno a ninguna facultad crítica, sino al manido discurso de lo subjetivo frente a lo objetivo. Pues ahora me toca a mí.

Chapuzón

‘Assassin’s Creed IV: Black Flag’ (en adelante, ‘ACIV’) es, sin ningún atisbo de duda, el mejor Assassins de cuantos existen. Entiendo que la saga creció en ambiciones y presupuestos, que jugó con mayores márgenes y se permitió excesos megalómanos, pero en algún momento de su descenso a los infiernos respiró hondo, tomó el timón de su propio barco y entendió que hacer un buen Assassins no pasaba necesariamente por hacer es-tric-ta-men-te un Assassins. Porque la ventaja de ser una IP consolidada subyace en los márgenes del riesgo, en coger mecánicas asumidas desde hace años y repensar que, bueno, tal vez no estén tan bien como parecen. Aunque ya sabían esto.

A estas alturas, todos conocemos al clásico fan al que miramos con descrédito e incomodidad cuando afirma haberse jugado todas y cada una de las entregas de la serie, que conoce al dedillo los entresijos de la trama y espera con ansia las ediciones limitadas con figuritas nacaradas. Lo mismo asiste a ferias con la sudadera oficial de Ezio Auditore que pelea en foros por su podio sagrado. Ese valiente fan insiste en que la segunda entrega es la mejor por aquello de corregir y aumentar un debut bastante fresco —aunque reciclase tropos de ‘Prince Of Persia’ y ‘Splinter Cell’, igual que ‘Watch Dogs’ aspiraba al trono de juego perfecto reciclando todo lo anterior más ‘Far Cry’ y… ya saben lo que sucedió—.

El Equipo A

El Equipo Triple A

Pero, discúlpenme, lo que tenía de preciosista y solemne, lo tenía de rutilante. Era el mismo juego multiplicado por mil, una buena forma de mostrar músculo y sacar a relucir las miles de ideas que tenían para convertir aquel anacronismo renacentista en una Biblia para Jugones. Pero no, no comulgo con su credo. La libertad, en último término y pese a no estar cohibida por paredes invisibles, seguía siendo una utopía bastante vergonzosa, y las mecánicas condicionaban cada giro de guión y cada apuesta por divertir.

Después de una procesión de directores creativos y jefes con mando, la cuarta entrega fue concebida por las manos de aquellos artífices que parieron la peor iteración de todas. Son, además, los que están repensando ese supuesto reboot de la saga, con dos años de margen por vez primera en la historia —desde su nacimiento, se entiende—. En una infografía que fuese desde lo correcto hasta la idiotez supina, ‘Revelations’ y ‘Assassin’s Creed III’ estarían en el margen derecho del espectro. Excesos injustificables y actividades secundarias no funcionales, acometidas estrictamente para alargar la vida útil del juego. En un equipo de cientos de personas que se permite publicar sus anuales citas días antes de la fecha de venta, que incluyen un online gigantesco para después dejarlo desierto y a merced de cuatro esquizofrénicos aburridos, y hasta contratan guionistas como pista de aterrizaje por si las moscas, no cabía otra cosa que no fuera el continuismo cenutrio y siempre a rebufo de la joya de su corona: sí, el primer ‘Assassin’s Creed’.

Ahora sí

En ‘ACIV’ encarnamos a Edward Kenway, padre de Haytham Kenway y abuelo del Connor de ‘ACIII’, un pirata que no lo es pero que luego sí y se desenvuelve muy bien en todos sus roles, desde asesino a sueldo, amante bandido, hasta maestro actoral de conspiraciones incólumes. Es guapo, tiene la coleta rubia y ambiciona el poder como el que más. Al otro lado de la pantalla, tenemos las oficinas de Ubisoft Montr… digo, la sede de Abstergo, quienes pretenden filmar una película de aventuras muy realista gracias a las nuevas facultades del Animus, su computación en la nube y todas esas mandangas genéticas. Este extracto de guión se nos sirve en la primera hora de juego, después empieza la búsqueda del Observatorio, las monsergas políticas y cien mil referencias a sistemas de gobiernos obsoletos y perennes, rupturas de la cuarta pared mediante y… en algún momento de tan genial argumento me perdí para no volver a encontrarme.

Hay un niño pequeño y pirata frustrado en mi interior, dando saltitos y pasándose el rigor histórico por el arco del triunfo

Quizá ésa sea su virtud. Construir una trama repleta de matices, al servicio de los fans más exigentes, y dejarla para quien quiera escuchar con un mínimo de atención. Por mi parte, aguanté estoicamente hasta las cinco o seis horas de juego, cuando heredamos nuestro primer barco —destartalado—, con su inseparable tripulación —destartalada— y alguien nos invita a llevar algo a algún sitio. Justo aquí, el viaje interplanetario de ‘Mass Effect II’ y el hiperrealista salto de frontera en ‘Red Dead Redemption’ se me antojan pequeños al lado de ese sense of wonder de vivir aventuras en alta mar. Hay un niño pequeño y pirata frustrado en mi interior, dando saltitos y pasándose el rigor histórico por el arco del triunfo.

Todo lo bueno se hace esperar, y la caza de ballenas tan vilipendiada por la PETA o los grandes navíos de guerra, que actúan como destructores acorazados alemanes, vendrán cuando tengan que venir. Pero hasta entonces, el juego nos ha invitado, con inusual titubeo, a trepar como un gato por lianas caribeñas y a matar a sangre fría al primer capullo que nos plante cara. El juego, por tanto, es consciente de su público y le oferta todo lo que tiene —sirva el chiste del ambulante del primer ‘Assassin’s Creed’ que tenía demasiadas cosas en venta—, para que elija aquello que prefiera. Yo preferí surcar el horizonte turquesa y labrarme una reputación terrible que llamase la atención de las grandes ligas piratas, pero las opciones se mantienen persistentes y funcionales hagamos lo que hagamos. Bajo las Islas Caimán hay fauna y flora REAL y el título de primer waterbox de la historia le viene perchado por méritos propios.

Bien

Por otro lado, jugar un Assassins en un tabletomando es quizá la tortura más agresiva que se me antoja, con permiso de ‘Bayonetta’. La única diferencia más allá del uso de la segunda pantalla como mapa o la gestión de inventario y menú es esencialmente ésta: la iluminación es más realista. Lo compré a precio de escándalo mientras se retrasaban las entregas para nueva generación, aquéllas que aprovecharían todo el potencial de unas máquinas nacidas tarde y por petición expresa de los creativos. Y, aunque difícil de creer, la versión de Wii U es mejor que la de sus más inmediatas competidoras, pese a un framerate más inestable que el Joker después de una fiesta de disfraces. Pero de alguna manera convertí aquel juguete en mi portátil para tiempos muertos, en mi ventana con balcón para escapar de la suegra.

A lo tonto, ‘ACIV’ se transformó en algo más amigable para mi hija preadolescente y, con uso y abuso de auriculares de estudio, conviví con piratas ingleses, españoles y portugueses, peleando por jugosos botines en islas ignotas y el estraperlo de materias primas como EL TABACO. Tal vez, esa noción de libertad tan nociva en los videojuegos actuales se acentuó gracias a la posibilidad de jugar muy fuerte mientras el resto de mi familia vivía su vida. Tal vez, el juego actuó como un vórtice, concentrando las pulsiones pueriles de ser un temido pirata que coloniza los finisterres del mundo.

José de Espronceda tenía razón. Encaramarte sobre el mástil de la vela mayor, frente a un bergantín con ganas de pelea y dirigir la cubierta como un equipo de rugby es incontestablemente divertido, visceral y gamberro —pudiendo usar las ebrias tonadillas como las emisoras de GTA—. Al igual que la época azul de Picasso, Ubisoft se encontró con su etapa verde hace un par de años —recuerden la inercia de los ‘Far Cry’ en la industria—. Verde que intuyo como símbolo de libertad, incluso de desprenderse de corsés conceptuales a favor de una imaginería distinta. Ondear la bandera ignorando la diógenes digital a la que nos tiene acostumbrados la editora gabacha es de lo más refrescante de una saga en inminente descacharro. En serio: fuera el HUD, entero. Y para aquellos que la abandonaron o la ignoraron, tienen aquí mi misiva para redimirse. Corran a jugar el mejor Assassins de todos (hasta ahora), la obra maestra para opositores a pirata.

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