Señor de la Ceniza

por

19 mayo, 2016

Despertar

El badajo le arranca un gutural sonido al insensible y mellado acero de la campana. La tierra tiembla con violencia, como sacudida por la maza de un millar de furibundos gigantes. La vibración retumba en mi interior, una caja de resonancia pútrida y mortecina; cuerpo que antaño aspiró a llevar una vida heroica, gloriosa y plena. Abro los ojos. El sabor a ceniza me inunda la boca, y mi lengua se despega dolorosamente del paladar, tan seco y agrietado como mi ánimo. Ha llegado la hora. La llama se extingue, y los Señores se han alzado, de nuevo. Lothric reclama un héroe digno del calor y la luz, y semejante responsabilidad pesa sobre mis hombros tanto como la lápida pétrea que oculta mi cadáver, insuflado de nuevo por algo que quizá se podría llamar vida. Mi alma —quién sabe si llegó a abandonarme— siente la llamada una vez más. La oscuridad la reclama. El abismo susurra mi nombre, a través del viento, filtrándose entre las grietas de mi tumba.

Tomo aire profundamente y paladeo el ambiente. Desesperanza, muerte, caos. Pero algo ha prendido en mi interior. Un ascua que se niega a apagarse, que aguarda el momento de la combustión entre la ceniza. Apoyo mis grebas roídas por el óxido en la losa, y con un impulso seco y firme, la empujo hacia el exterior.

El Cementerio de Ceniza recibe mi nacimiento a una nueva vida, en una ironía tan retorcida como las ramas de los árboles secos que coronan mi lecho. Mi trono.

Comienzo

La espada rota que empuño es una fiel metáfora de mi entereza. Poco a poco, con la torpeza de una cría que acaba de llegar al mundo, avanzo a trompicones entre las lápidas. Mis pasos resuenan con un eco metálico que se pierde entre la pegajosa neblina que se arremolina a mi alrededor. A pesar de mis pocos segundos bajo esta nueva existencia, mi cuerpo reacciona sorprendentemente bien a mis pensamientos. Blando mi arma contra la oscuridad y compruebo el estado en el que me encuentro: puedo correr, saltar o rodar con agradable facilidad, casi con gracilidad, a pesar de que aún conservo la desvencijada armadura con la que fui sepultado.

El Cementerio de Ceniza recibe mi nacimiento a una nueva vida, en una ironía retorcida

Una respiración vibrante y gutural interrumpe mi comprobación: ante mí se yergue una criatura que bien podría ser mi futuro reflejo, un cadáver consumido a partes iguales por los gusanos y la desesperación. Anhelante, inspira en mi dirección, como aquél que advierte un suculento aroma cuando está hambriento, detectando el poder del flujo vital que me mantiene en pie. Inmediatamente, su postura se torna amenazadora, saca un mellado puñal de entre los pliegues de su túnica y se abalanza sobre mí. Mi respuesta es instantánea, casi un acto reflejo motivado por mi anterior vida de caballero: con un golpe seco, descargo la hoja partida contra su abdomen, deteniendo su ofensiva sin que me alcance.

Conforme el cadáver se desploma contra el suelo, una corriente pálida y brillante abandona el cuerpo a través de sus fosas nasales y se introduce en mi interior, filtrándose entre las placas de la armadura. Una sensación indescriptible me recorre, como una corriente eléctrica, desde las puntas de mis pies hasta los ralos pelos pegados a mi cráneo. Mi alma vibra con excitación al fundirse con la del anónimo combatiente, y mi determinación y mi fuerza aumentan. Necesito más de esto. Necesito más almas.

El reguero de cadáveres que siembro a través del Cementerio de Ceniza culmina en una terraza desnuda de piedra, de forma circular. En su centro, se arrodilla una colosal mole antropomorfa sobre la que reposa una sustancia de aspecto viscoso y brillante, que comienza a latir conforme me voy acercando, despertando en mí un profundo asco. En su espalda, clavada, destaca una espada con una peculiar hoja, que mantiene al gigante inerte y dócil; lo sé, puedo sentirlo. Alrededor, sólo la nada más límpida y mortecina, dejando claro cuál es el siguiente paso que debo dar. El coloso será el juez que sentencie si soy digno de seguir avanzando. Tomo aire, agarro la empuñadura y al tirar, tal y como intuí, le libero de su artificial descanso.

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Una deliciosa quietud me embriaga al atravesar el arco de medio punto tallado en piedra irregular. Por primera vez desde que desperté a esta nueva vida, me siento seguro y protegido. En el interior del santuario, cilíndrico y hueco, reposa un montón de cenizas que han aguantado el batir de la suave brisa que sopla interrumpidamente. Aún llevo en la mano la espada que hacía las veces de llave de la prisión de mi colosal enemigo. La victoria resultó sorprendentemente fácil, y el juez cayó ante las crueles mordidas de mi acero, debatiéndose impotente, intentando alcanzarme con golpes convulsos que yo esquivaba sin ninguna dificultad. 

Con determinación, hundo la espada en la pila grisácea. Inmediatamente, una explosión de calor atraviesa cada centímetro de mi ser y nubla todos mis sentidos. Decenas de ecos de muerte resuenan en el exterior, y los cadáveres que dejé a mi paso vuelven a alzarse hambrientos de almas. A mis pies, lame la hoja de la espada una tímida llama, casi ahogada por la falta de combustible. No obstante, su luz reconforta mis fuerzas con la intensidad de un colosal incendio. Noto cómo mi cuerpo sana sus heridas y vuelvo a mi estado original. Acabo de iniciar un macabro ciclo de repetición de vida y muerte. Ya no hay vuelta atrás.

10 muertes

No sabría situar en el tiempo mi enfrentamiento contra el coloso que juzgó si era digno de encender la primera hoguera. Podría pensar que es debido a que ocurrió hace demasiado tiempo, pero no es ese el motivo; mis recuerdos se aglutinan en mi mente, empañados, como si perteneciesen a otra existencia. La sensación no es extraña, ya que, realmente, dicho combate tuvo lugar en otra vida. Una vida pasada. El mismo placer que sentí al absorber el alma de mi primer enemigo, se tornó en un agónico dolor la primera vez que caí en singular combate. Estos poderosos sentimientos me han vapuleado sin descanso durante mi —hasta el momento— corta aventura. Con cada nueva derrota, se repite el ciclo: mi cadáver reaparece a los pies de la última hoguera que encontré en el camino, y mi alma se estremece por la pérdida que acaba de sufrir. Todo el poder acumulado reposa en el lugar de mi última muerte, como un floral homenaje a los pies de un epitafio tallado en piedra, esperando a que su dueño vuelva para reclamarlo, o a evaporarse si la muerte le cita antes de conseguirlo.

Sabe más el diablo por viejo que por diablo… y en este infierno, yo no era un guerrero inexperto

Esta premisa me resultó, a priori, terrorífica, pero descubrí con sorpresa —y con, por qué no decirlo, una desilusión que rayaba en el masoquismo— que mi periplo penalizaba mis errores con la misma intensidad con la que parecía querer facilitar mi viaje. Las hogueras, pequeño santuario inquebrantable de inmediato alivio, aparecían como un faro en la distancia con excesiva frecuencia.

En mi aventura también mediaba, a modo de salvavidas al que aferrarse, un lejano eco de una vida anterior; no de una de mis muchas vidas perdidas en Lothric, sino algo más etéreo, que trascendía a través de cualquier barrera trazada por el tiempo o el espacio. Mi alma, o lo que fuese que encerraba mi coraza de acero mellado y carne magullada, había pasado por este purgatorio anteriormente. No en esta tierra, ni bajo esta forma, pero sí de manera muy similar. Estos recuerdos de un pasado desdibujado me cubrían con el manto del veterano. Sabe más el diablo por viejo que por diablo… Y en este infierno, yo no era un guerrero inexperto. Eso facilitaba enormemente mi tarea.

20 muertes

He de reconocer que, a pesar de la crudeza del entorno, me encuentro obnubilado por el mundo que Lothric teje ante mis ojos. Las infernales criaturas que habitan esta tierra salpican vistas de ensueño que me invitan a reposar unos segundos y disfrutar cada vez que hallo una zona segura. Algunos parajes dormitan bajo una bucólica capa de colores tibios y amodorrados, donde la luz se despereza lastimosamente entre los jirones de nubes que tapizan el cielo. Otros acechan mis pasos amenazadoramente, apuntando hacia mí con afiladas volutas y húmedos arbotantes coronados con representaciones de figuras monstruosas y retorcidas, que atraen mi mirada del mismo modo que una criatura moribunda acapara la curiosidad de un niño. Mi alma no encuentra sosiego en Lothric, ya sea por lo imponente de sus edificaciones o por lo puro de sus exteriores vírgenes. Esta amalgama de colores, atmósferas y sensaciones resulta embriagadora. Tan embriagadora como la propia muerte, sentada aquí, a mi lado, calentando sus manos inertes en el tibio fuego de esta hoguera ahogada.

35 muertes

Conforme voy avanzando en mi odisea, los ecos del pasado que resuenan en mi mente van haciéndose más intensos. La presencia que me acompaña todo este tiempo se va haciendo más y más fuerte; aún no sé si en una relación de simbiosis o de parasitismo. No sé si todos los recuerdos que se agolpan en mi cabeza hacen más bien que mal. Recuerdo una tierra yerma, parecida a este reino. Quizá, antaño, coincidiesen en el tiempo. Quizá son la misma cosa, o quizá una diferente. Eso es lo de menos. Esa vez, estaba solo. Lordran… Su nombre regresa a mi memoria, como el título de una balada triste, olvidada. Su terreno era más inhóspito, más implacable y menos amigable. Encontrar reposo durante mi aventura era motivo de celebración; un trago de agua fresca en medio de un desierto de angustia y pesar. Las hogueras, muy espaciadas entre sí, contemplaron mi perfil mortecino y asistieron en silencio a la cura de mis heridas y el fortalecimiento de mi cuerpo. Todo estaba conectado. Una tierra viva, un mundo infinito.

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Me sorprendo —de nuevo— echando de menos la adversidad. Aquí, en Lothric, es todo tan distinto… Cada región resulta más rica, y me deleito recorriendo cada rincón y explorando cada encrucijada, pero puedo decir que tengo un hogar en el Santuario. Allí he de regresar siempre que quiero hacerme más fuerte. La sacerdotisa de las llamas toma el poder de mi alma y lo convierte en fuerza, en agilidad, en aplomo, en confianza… Mientras tanto, como un mantra, repite mi destino: el salvador de esta tierra, el futuro señor de la ceniza, digno heredero de los tronos que rodean la hoguera central. El ascua sigue encendida; la llama ruge hambrienta.

El hecho de tener que regresar cada vez que necesito sus servicios rompe esa conexión indescriptible que consigo establecer con este reino. Me molesta. Añoro esos días en los que era yo solo. Yo solo contra el mundo. Mi alma contra la oscuridad.

60 muertes

Intento bruñir las piezas de metal cubierto por la mugre calcinada por el fuego. Mi respiración aún está agitada, y contemplo el cadáver de mi última víctima. Las cicatrices de las heridas que me infligió en vidas pasadas, a pesar de estar cerradas, arden y escuecen; pero no tanto como mi orgullo. A la luz de las pálidas llamas medito, en silencio.

No hay recompensa comparable al placer que produce abrirse paso por esta mortal senda

Enemigos más temibles en apariencia que el que acabo de derrotar cayeron ante mi arma como el árbol seco que cede ante un afilado hacha, y sin embargo, este último rival segaba mi vida con la facilidad con la que se cosecha el trigo tierno. Sé que en mis anteriores aventuras ocurrió lo mismo, pero no de manera tan irregular. Los señores de esta tierra comienzan a perder su misticismo. Los combates comienzan a ser previsibles, y sus acciones, poco sorprendentes. No obstante, algo se mantiene imperturbable: siento cómo mi alma se alimenta de la fuerza vital recién obtenida, y suspiro paladeando el sabor de una sufrida victoria. No hay recompensa en ningún mundo comparable al placer que produce abrirse paso por esta mortal senda.

El cadáver me contempla con sus cuencas vacías. Sabe cómo me siento, porque él también lo ha sentido. En la oscuridad del abismo, nos sonreímos.

99 muertes

Al fin, tras decenas de horas, decenas de vidas, me encuentro frente a mi destino. El acero oscuro de la empuñadura de mi espada, fiel acompañante durante toda mi aventura, se calienta con las llamas que lamen mi cuerpo. El poder de las ascuas recorre mi torrente sanguíneo, ahora ocupado por magma incandescente; antaño surcado por la llamada humanidad. Distinto nombre para la misma cosa, como en tantos otros casos en esta historia. Una historia que juguetea con el pasado, con mis anteriores memorias, como queriendo premiar mi veteranía en este mortífero terreno. Junto a mí, han pasado aliados y enemigos conocidos. Todos ellos, personajes enigmáticos, prácticamente indescifrables. Seres de pocas palabras, pragmáticos y entregados a su propia redención personal. Muchos me ofrecieron apoyo, otros me ofrecieron un estandarte bajo el que arroparme. Incluso ajusticié visitantes espectrales de otros mundos superpuestos a este, potenciales enemigos de mi misión. Pero siempre he preferido ir solo. Siempre he rechazado su ayuda. Es una cuestión de honor, de orgullo. De sacrificio. Quizá he perdido muchas conversaciones. Muchas historias a la luz de las llamas. Mucha información sobre este mundo. Pero desde que salí de aquella tumba de olor putrefacto, tuve clara una cosa: quería desvirgar Lothric en soledad.

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Delante, mi último enemigo. Detrás, el mundo que ha intentado devorarme vivo durante todo este tiempo. En el cielo, un sol incandescente, recuerda a las brasas que vieron nacer esta leyenda. Inspiro profundamente y sonrío. El hedor de la carne quemada me infunde fuerzas. El aroma de un señor de la ceniza. El aroma de mi destino.

Recapitulo y hago balance de mi periplo. El balance final. Ha sido un largo viaje. Un largo y maravilloso viaje, a pesar de lo malo que he encontrado. Volvería a morir una y mil veces con tal de poder vivir esto. Pero hoy no será ese día. Hoy me alzaré con la victoria.

El fuego ruge en mis oídos. Golpeo.

La hoguera, en paz, consume su último hálito de vida. Lothric duerme, acunado por la nana que entonan los ecos de las campanas, ya silenciosas.

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