¿Qué es incorrecto?

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9 abril, 2015

Hace unos días Rafael Albuquerque no consiguió pegar ojo debido a la carátula (¡alternativa!) de Batgirl #41. Su encargo ya no le pertenecía: ahora estaba en manos del público. En ella se muestra al Joker apuntando y marcando la cara de Bárbara Gordon en un claro homenaje a la ‘La Broma Asesina’ de Alan Moore —justo hacía el 25 aniversario del cover original y 75 de la creación del personaje por parte de DC Comics—. La portada, considerada misógina, acosadora, enaltecedora de la violación y demás delitos punibles, incendió las redes sociales por dos razones: la DC actual pretende arrimarse a un nuevo público, más joven, y la chica aparece destruida, llorando a moco tendido, muerta de miedo. No olvidemos el contexto: el Joker se cuela vestido de turista en casa del padre de Bárbara, descerraja dos tiros a quemarropa a la señorita y uno de ellos, a la altura misma del pubis, atraviesa la carne hasta dar con su columna vertebral, dejándola postrada y encadenada a una ratera cama. Añadir, además, que previamente los esbirros la desnudaron, tomaron fotos y las restregaron por la cara del torturado padre. Un tour de force emocional, una bola de demolición contra el hogar de los Gordon. El Joker, anatema de fuego, demonio asexual, construye ese particular infierno en la tierra que Tim Burton deshizo en elogios. Veinticinco años después internet se abarrota con una frase: «esto no es correcto».

Knowledge

correcto, ta.

(Del lat. correctus).

1. adj. Dicho del lenguaje, del estilo, del dibujo, etc.: libres de errores o defectos, conformes a las reglas.
2. adj. Dicho de una persona: de conducta irreprochable.

Esta será la única definición a la que recurriré. La utilizo de manera persuasiva, como podría usar «adecuado» o «conforme», eufemismos para tabúes. Pero en el asunto a tratar conviene desprenderse de las palabras. Las reglas que deciden si algo es defectuoso o incorrecto existen por mera higiene mental, por miedo al fin.

Incorrecto sería ilustrar una noticia sobre videojuegos sexistas poniendo como cabecera la imagen de un generoso escote. Incorrecto sería burlarse de una figura pública recién fallecida. O acudir al cine y dar patadas al asiento de enfrente. O tirar el chicle al suelo. También sería incorrecto desear dolor a alguien. Bajo esas cinco sentencias hay cinco formas diferentes de incorreción: falta del sentido común, del decoro, de la educación, del respeto al prójimo, incluso del civismo. Se consideran actos incorrectos en tanto se distancian del eje que utilizamos para definir lo correcto. Cada persona, evidentemente, tiene un baremo privado para medir estos hechos. Os daré el mío: en el plano artístico no existe lo incorrecto.

En Japón, cuna de parafilias soterradas y cada día más soliviantadas, convive una altercultura en forma de videojuego: el eroge. Desde el clásico ‘Rance’ de AliceSoft o el ‘Rapelay’ de Illusion Soft, hasta los fanfics que StudioFOW distribuye para sus perversos suscriptores, en todos ellos se cumple una máxima: el sexo no consensuado. Usualmente, la mayoría de estos productos comienzan con un escenario de dominación masculina, agresión softcore, para después dar el salto a cópulas dementes e incluso orgías con monstruos típicos del tentacle rape, donde la chica, al final, parece gozar con su desventaja, sucumbiendo a un placer subyugado. Esto no deja de ser otra presunción de supuesta superioridad, metafísica, donde ella no puede evitar incluso enamorarse de algo incontrolable. Poder delegado, dominación y sumisión consciente: una pulsión que refleja fetichismo e hipocresía.

Perros de paja incorrecto

Parémonos un momento en ‘Perros de paja’ (Straw Dogs, 1971), de Sam Pekinpah, director acusado de salvaje, nihilista y poco menos que criminal. En ella se da una escena donde una joven inglesa de clase alta, Amy Summers interpretada por Susan George, cae en las violentas redes de un hombre que la somete: esgrime la violencia como vía comunicativa y como fin mismo. Ella aparentemente está aburrida de su matrimonio y anhela algún tipo de estímulo. Se pasea con blusa sin sujetador debajo —porque está en su casa, aunque no la considere hogar—. Los matices se licuan cuando ella acaba teniendo sexo no consentido con varios trabajadores de su marido. A ella puede acusársele de provocadora pero su NO es rotundo; en cambio, esos hombres atienden a algo que tampoco son instintos, sino al lascivo deseo de «lo hago porque puedo». La cinta es soberbia en su tratamiento de los rasgos más inhumanos en nuestra especie, de esa crueldad inherente que sale disparada en cuanto somos forzados hacia los límites. ‘Perros de paja’ mira al abismo de la incomodidad. Incluso el marido, posteriormente, se manifiesta más peligroso, egoísta y letal que esos amantes accidentales. Es irrelevante si ella disfruta o no del coito. Los sentimientos troncales son los adyacentes antes y después del acto. Pekinpah era un borracho y un putero, pero también era uno de los mejores cineastas sobre la faz de la tierra.

Sigamos. Un videojuego que atiende al deseo —y quizá necesidad— de un nicho puede desencadenar comportamientos delictivos en sus jugadores. Esto es: tan bien te lo pasas haciendo el cabra que terminas por extrapolar ese placer hacia un estrato real y acabas por violar a una chiquilla adolescente en un callejón. La censura fundamenta su discurso en esto. El acusado responde: «si me desahogo en entornos virtuales, no cometeré demencias en la vida real». Pues oye, depende de cómo tenga de amueblada la cabeza cada uno. ¿Debemos procurar unos mínimos, una safe zone para el respetable? Conozco a decenas de parejas, reales y ficticias que, después de rolear durante horas en ‘World of Warcraft’ o ‘Lineage’, continuaban sus imaginativos flirteos en ‘Red Light’. ‘Red Light Center’, el ‘Second Life’ pornográfico desarrollado por Utheverse para expandir nuestras fantasías, existe porque hay casi tres millones de personas que quieren que exista, pero su respuesta no arroja luz sobre la disyuntiva «¿este tipo de interacción sociovirtual pondera en beneficio o perjuicio de sus usuarios?». Es sencillo: la última palabra la tiene el cliente.

Red Light Center incorrecto

Pasemos ahora a la violencia, la segunda causa más recurrente de censura y reproche. ¿Qué justifica la violencia en una obra cultural? ¿Qué muertes son gratuitas y cuáles pagadas de ellas mismas en un entorno virtual y/o ficticio? ¿Deben acaso tener un motor que espolee esas consecuencias? ‘Hatred’ es un videojuego donde el asesinato a civiles y policías es tan ocioso y descarado que provocó un revuelo mediático solicitando su prohibición y consecuente erradicación. Un monstruo sin amparo alguno para justificarse. Pero, ¿qué legitima el acto de matar?

Si matas pero el juego te dice que está mal —o se lo dice al protagonista—, ya está libre de pecado. Si matas como en ‘Hotline Miami’ pero el juego te señala con el dedo, exime su culpa al servir como mera herramienta a un fin incierto. Si matas pero la trama dice que es por un bien mayor, fuerza al usuario a asumir su mensaje; una forma cruel de empatía. Su justificación pasiva se convierte en activa con nuestra venia, aceptando tácitamente el trámite. ‘GTA’ es probablemente un ejemplo con solera, porque es permeable a distintos estratos o tipografías de violencia: la argumental, impuesta por el propio guion del juego para poder avanzar; la contextual, donde se propicia un caldo de cultivo para lo atroz e injustificado, aquélla que acometemos en puntos muertos por puro desahogo; y la accidental, aquélla que nos produce pavor cuando se origina. El juego suele penalizar esta última, limitando el progreso, pero no pocas veces convergen varias formas sin erosionar el ritmo de la partida.

Entre la cultura de consumo, aquélla que atiende la necesidad de mayorías populares —y prefabricadas—, y la dirigida a minorías enrarecidas, prevalece la economía de mercados. Y ya lo decía Octavio Paz: «el mercado es un mecanismo eficaz pero, como todos los mecanismos, no tiene conciencia y tampoco misericordia». Permítanme adaptarlo a conveniencia: lo raro incomoda y no genera beneficio. A su vez, la censura hacia lo incorrecto dirime al favor de unos pocos, pero va en perjuicio de la pluralidad y el cultivo de las ideas. Es una mordaza que separa aleatoriamente aquello que vale de lo que no, enmudece con fuerza impositiva y provoca, al fin, la muerte de todo futuro que no sea alienante y mecánico.

Sucede además que, algunos de los que rogaron la retirada de ‘Hatred’ en Greenlight, ese zoco y alquitara de Steam, ni siquiera lo habían jugado, acaso visto de lejos. Cuando los no-usuarios de tebeos escupen fervorosamente contra la portada de Rafael Albuquerque hacen un flaco favor a toda la industria y dinamitan la libertad de expresión que tanto pugnaron por alcanzar desde MAD a Fukitor, desde Dredd hasta El Papus. Nuestro derecho a opinar libremente poco a poco se torna en argolla, un búmeran devolviéndonos la jugada en forma de tijeretazo militar; un conveniente despacho de idiotez.

Incorrecto Gore

Os contaré una anécdota. Hace algunos años, cuando trabajaba como productor musical, una banda de black metal me encargó una intro «donde sonase cómo asesinan y descuartizan a una chica y después la entierran, a ser posible en menos de minuto y medio». JÁ. Al principio contemplé la opción de coger los micros y hacer un poco de labor de campo, pero debido a los costes y la disponibilidad de tiempo opté por otra vía: buscar una cinta snuff donde se diera una situación similar y extractar el audio de la misma. Un poco de reverb, un par de filtros y nadie se daría cuenta. Normalmente, esos archivos están bajo llave, en las profundidades de internet, así que llevó un tiempo convencer a alguien para que me localizase y facilitase el mp4 adecuado. Cuando dos meses más tarde escuché por un PA de 15000 watts cómo arrastraban una pala por la gravilla, cercenaban extremidades humanas a motosierra, y todo ese horroroso siseo de drones y frecuencias recortadas bajo un espacio sonoro espectral, salí pitando a las cabinas de baño a vomitar. Nadie parecía inmutarse: ojos que no ven, corazón que no parece. Pero estaban asistiendo a una realidad, una broma macabra para inaugurar el nuevo disco de unos chalados adolescentes.

Nunca supe por qué me había alterado más al escuchar el horror que al verlo montado durante horas frente a Logic Pro. Pero llegué a una idéntica conclusión: su existencia tenía un fin artístico. Como una performance suicida o un lienzo decorado con sangre menstrual, el límite no lo dictamina el profano sino su autor, y posteriormente su consumidor. Si una obra no encuentra un receptor al menos ha cumplido su fin mismo como obra: existir. Todo alumbramiento nace desde su misma concepción, fagocita su intención a favor del simple hecho de ser pieza creada.

Una de las razones por las que los vídeos de ISIS están alcanzando tamaña popularidad se debe a su estética, casi cinematográfica. Es sabido que algunas grabaciones del grupo terrorista parten de una coreografía previa, donde se ensaya con rehenes una suerte de falso asesinato. Empiezan a dirigirse a ellos en árabe y, en un estado tan frágil, las víctimas pasan del pánico más absoluto a la leve confianza; una última esperanza. Cuando se filman los sacrificios todo parece rodado bajo la batuta de un director de actores, un mensaje transformado activo. ISIS lleva la anterior premisa hasta el extremo y la pervierte, ilustrando su terror a través de una concepción artística. Nada más eficaz —y repulsivo—. El contador de visitas sube imparable mientras las copias corren como la pólvora. ¿Por qué atender a esa monstruosidad?

Vayamos a la belleza de lo horrible, al sueño de la locura. Es habitual encontrar monstruos en la literatura, el cine y, por ende, el videojuego; no así en la fotografía —tan tendenciosa a retratar lo estético en sentido platónico—. Joel-Peter Witkin, uno de los autores que más influenciaron mi vida académica, se las vio y deseó para consumar su discurso. Witkin se arrimaba a la fotografía científica, forense, para retratar la conciencia del ser. Sus ominosos desnudos eran como los de Scarlett Johansson en ‘Under the Skin’ o el rey-vagabundo en ‘Holy Motors’, tan heredero del paganismo y otros cultos arcanos: mediante un ojo clínico pero pasivo convocamos al ojo reactivo. Poesía bajo la lente de un microscopio. Censurar a Witkin, despreciado por cientos de colleagues que preferían, vaya por Dios, afrontar el desnudo femenino chusco y erotomaníaco, es un acto cuasi criminal, por varias razones: no está supeditado al juicio público, verdaderos responsables en el tiempo y el espacio, e implica la anulación de una voz/mensaje que, al no encontrar receptor, provoca un vacío elemental en el artista y su público potencial. Nunca imaginé que disfrutaría viendo negativos de caballos muertos en un taller de montaje, pero así fue. Es más, de manera epistemológica encontré MI verdad, aquélla de la que nadie puede —o debería— privarme.

FX

Quiero que existan ‘Guinea Pig’, ‘Chiller’, ‘A Serbian Film’, Cannibal Corpse, ‘Los Versos Satánicos’, ‘Misshitsu’, ‘Visitor Q’, ‘Hatred’ o Brujería. Y sobre todo quería que Albuquerque consumara su homenaje sin tragarse los aullidos de la masa enfurecida que, en primer lugar, debieron virar sus antorchas hacia los dueños del encargo: la directiva de DC Comics y su equipo creativo. Pero él entendió su obra mejor que nadie y prefirió sacrificarla. Quiero obras que me remuevan del asiento, donde reniegue de mí mismo, renuncie a la especie humana o acabe inyectándomelos en vena por pura lujuria. El pulso del pavor y la perturbación emocional fuera del terror como género. Y digo esto basándome en mi primera sentencia: lo incorrecto no existe. Existe lo incómodo, lo inadecuado para mí o para ti, pero en el arte todo está permitido. Entiendo que suene a OOPArt, respondiendo a un nihilismo fuera de toda racionalidad y, finalmente, a tratar verdad como ficción —¿y no es todo acto artístico la consagración de una verdad permutada en ficción?—. La mitad del tiempo vivimos desbordados por preceptos ilusivos, por convicciones tan falsas como el sentimiento de culpa en abogadillos de la moral que no han entendido nada más que a medias. No convirtamos los complejos y la parcialidad en verdad absoluta, no lo jodamos más.

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