He is the Painkiller

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27 enero, 2016

El presente artículo (debidamente revisado) fue publicado originalmente el 15 de octubre de 2014 en GameReport #5

Permíteme, querido lector, empezar este manifiesto diciendo que Judas Priest tiene mucha culpa de lo que vas a leer a continuación, ya que allá por el año 2004 mi camiseta del ‘Sad Wings of Destiny’ me delataba como un fanático de la música de Rob Halford y compañía. Siempre pensé que fue una casualidad llevar esa camiseta puesta cuando vi en una tienda de segunda mano —a la cual echo muchísimo de menos— un videojuego con el mismo nombre que una de mis canciones favoritas del grupo británico. ¡Maldita sea, que por diez euros ya me picaba la curiosidad!

La cara del protagonista me miraba con aspecto rudo, más duro que la propia música de los Metal Gods, pero para ser sinceros no esperaba otra cosa visto su nombre: un FPS lleno de dolor, fuerza bruta y paisajes en los que conviven el arte victoriano y la venida de los hijos del averno.

Cuando me dispuse a instalar el videojuego, la emoción me desbordaba y aquel proceso se me hizo eterno. Cuando pude acceder al menú, tenía los nervios a flor de piel, y presentí lo mucho que iba a disfrutar esa experiencia: la primera parada de mi aventura comenzaba en El Cementerio. Además de su aspecto lúgubre y de estar fuertemente inspirado en películas como ‘Posesión infernal’ (1981), pronto descubrí que ‘Painkiller’ se trasladaba a un ambiente adulto, un patio de recreo donde la sangre emanaba a cada disparo sucedido en el pecho de los infernales enemigos: no había paz para los malvados.

painkiller orphanage

Atisbé en el mapeado que, pasados dos o tres minutos, los enemigos habían decidido abandonar la idea de atacarme de cuatro en cuatro, ya que era mucho más divertido manifestar el odio hacia mi persona con grupos de quince enemigos, motivándome así a hacer uso de mi filosofía: no mires hacia atrás, corre, dispara y grita con furia, como el maldito Rob Halford en la canción del mismo nombre que el juego. Parecía como si hubiera arrancado con fuerza un trallazo en la minicadena, como si hubiera cogido la moto de la portada del disco de los Judas y hubiera llenado mis ruedas de sangre al tiempo que la velocidad me golpeaba la cara y los enemigos se pirraban por descuartizar mi cuerpo lleno de adrenalina. No había quien me frenara: yo era un loco con una escopeta y ellos un grupo de malolientes engendros venidos a menos.

El comienzo me estaba pareciendo correcto y sentía la necesidad de jugar más y más, como si de una droga dura se tratara y me costase mucho dejar de darle vida a ese vicio: ‘Painkiller’ estaba siendo mi verdugo y mi némesis para ponerme a hacer otras obligaciones. Según iba llegando al final del primer episodio —de los cinco que se nos ofrecen—, el juego iba teniendo menos piedad por mí, haciendo notar las cicatrices que nos iban dejando los enemigos en nuestro contador de vida. Unos daños que se reparaban fácilmente y que rompían un poco la esencia hardcore del título, pero que dolían cuando mirabas atrás, igual que el ejercicio realizado en un duro día de gimnasio. Si en los tres primeros niveles no me mataron nunca, a partir de ese preciso momento empecé a caer con frecuencia en los brazos de la Dama Negra, y solté mi arma antes de que mi cuerpo yaciera sin vida en ese escenario que bien se parecía al hogar donde fabrican las pesadillas. Pero cargué la partida y volví para que me mataran de nuevo. Y volví a hacer lo mismo. Al cabo de un rato con la misma fórmula, obtuve cum laude y salí victorioso hacia el último capítulo del primer episodio. Y entonces fue cuando mis ojos se abrieron y me llevé una sorpresa provocada por un bicho del tamaño de un rascacielos que parecía decirme «mátame si puedes, estúpido imberbe, nunca conocerás el secreto de la victoria».

‘Painkiller’ es un patio de recreo donde la sangre emana de cada disparo al pecho de los infernales enemigos

Podría decir que a día de hoy, cuando aún sigo volviendo a encontrarme con ese estúpido gigante atado a unas cadenas, sigo arrepintiéndome de meterme en ese berenjenal, pues lo que impone un enemigo así lo lograban más bien pocos juegos en la época, y era un trabajo realizado con todo detalle para que nosotros picáramos el cebo pensando «la que nos va a caer». El caso es que la primera vez me armé de valor mientras maldecía a los desarrolladores. Planeé una estrategia, y pronto me di cuenta de que aquel bicho que temía tanto era tan sólo un maldito mequetrefe que no me iba a impedir pasarme el juego. Agarré mi arma, vacié cargadores de munición sobre él y, después de agotarme dando al botón de disparo del ratón, esquivando sus ataques demoledores, sus tornados particulares de materia muerte y los enemigos que él mismo convocaba, el gigante se convirtió en una ruina contemplada por el día gris y mustio.

Mientras esa criatura caía me sentí con ganas de otro combate que quitara el hipo, con las balas volando en el escenario a un ritmo tan veloz como la batería de Scott Travis, con los enemigos apareciendo para retarme a la velocidad de la guitarra de K. K. Downing y Glenn Tipton y, por supuesto, con la calma que exigía en mí mismo un ritmo tan violento como el de Ian Hill con su bajo. Pero cuando todo esto se silenciaba, cuando salía victorioso, me sentía Rob Halford ahuyentando a esos bichos del averno con mi poderío y superioridad. Porque eso sólo significaba una cosa; YO era Painkiller, y nada me tosía en mi campo de batalla infernal.

Necrogiant-Painkiller

Cuando terminé el videojuego y su correspondiente expansión, no cabía en mí la emoción con la idea de deleitarme de nuevo con otra entrega. Cuando me dispuse a comprarlo me puse de nuevo mi camiseta, como aquel primer día, pero esta vez todo era diferente. La camiseta estaba ya un poco pasada, Judas Priest me seguían gustando pero menos que la vez que compré el primer título y, para colmo, la tienda donde compré el primer juego había desaparecido y ahora era una tienda de shopping para señoras de cierta edad. Sea casualidad o no, yo no era el mismo, y la saga por desgracia tampoco lo era: se había vuelto descafeinada, con unos escenarios y unos modelos usados en los enemigos que harían reír a un muerto, a uno de esos que aparecían en el primer nivel del juego original.

La última vez que piqué en la compra de un título de la saga fue en la remasterización de 2012 del primer título. Una revisión de aquel juego que me hizo disfrutar tanto y que, sin embargo, me pareció patética e innecesaria, por no hablar del problema que suponía no disponer de todos los niveles originales del título en el juego completo. Desde entonces lo supe, la saga había muerto y lo mejor era no resucitarla, dejarla en su tumba y que reposara en paz. Pero siempre me quedará la satisfacción de ponerme la camiseta de Judas Priest, instalar el videojuego original, colocarme los cascos, prepararme mentalmente, y empezar a pasarme el juego en la dificultad más complicada a medida que una sonrisa nace en mi cara cuando nos encontramos de nuevo aquel boss gigante y yo. Nos saludamos, él se ciñe a no decir nada, yo tiemblo con los ojos enmudecidos por la emoción, y comenzamos de nuevo nuestro combate.

Es entonces cuando vuelvo a mirarle y me digo a mí mismo que hay cosas que nunca cambian, y enemigos que siempre vuelven para recordarte que hubo un tiempo donde temblaste al veros por primera vez.

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