Todo es la carretera

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26 enero, 2017

Colegas, ya han pasado dos años desde que os dejé. El tiempo pasa volando y las obligaciones no hacen más que ponerse del lado del reloj. Vosotros fuisteis grandes confidentes y acompañantes en las vacaciones que viví en vuestro hogar. Ventura Bay mola. Mola a nivel visual, de infraestructuras y de competición. Eso sí, debéis reconocer que vuestro ritmo de vida es jodido de seguir. ¡En esa ciudad siempre es de noche! No logro entender cómo aguantáis lo de vivir privados del sol, pero lo hacéis. Supongo que esa ausencia de rayos UVA os vuelve algo salvajes, más amantes de la música electrónica que invade vuestra radio —y que echo de menos—, de la velocidad y de la taurina como sustento alimenticio. Echo de menos volar a 300 km/h por las autopistas en busca de sensaciones que me liberen de la rutina del resto del año. Ventura Bay es un buen ejemplo de lo que mueve la necesidad por la velocidad.

Aquel verano me fui de allí siendo el mejor, sintiendo que la ciudad no tenía más que ofrecerme por mucho que se empeñasen en añadir más carreras y entretenimientos. Salí aún más pálido de lo que había sido y en cierto modo asqueado de aquel clima de precipitaciones constantes, ansioso por encontrar algún sitio soleado, más grande y con más posibilidades. Dejé Ventura Bay sin mirar atrás, lo que no significa que no haya pensado en vosotros en todo momento. Me aceptasteis sin preguntas y nunca me pedisteis nada a cambio. Y ya, ya sé que debéis estar flipando mientras leéis una carta de alguien que lleva perdido dos años, pero es que lo que os tengo que contar os va a dejar haciendo trompos de 360º y quemando rueda durante un buen rato. Pero no avancemos acontecimientos, todavía quedan detalles para poneros en situación.

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Tras volver a casa con las energías cargadas me tocó currar otro año. Sabéis que mi trabajo es de merecer un billete al cielo en primera, así que la historia se volvió a repetir y volví a buscar algún sitio donde liberar tensiones desconectando. Robyn, claro que tenía ganas de veros. Necesitaba velocidad pero sabía que no era el momento de repetir experiencia, así que fui en busca de profesionales. Me dirigí a una agencia de viajes, especialistas en tours de conducción, allí me hablaron muy bien de un estreno que, a priori, debía calmar mis ansias de buen clima, actividades variadas y rutas por carreteras infinitas. Un perfil que encajaba en mi prototipo de vacaciones perfectas. El paquete vacacional “The Crew” prometía un recorrido a lo largo de todo Estados Unidos. Miles de kilómetros esperándome al otro lado del charco. De costa a costa iba a poder disfrutar de centenares de poblaciones y parajes reconocibles repletos de pruebas, talleres de tuning y una ley no escrita que sonaba de lujo: el mapa al completo, montañas y valles inclusive, pasaba a ser la carretera. Al fin se acababan los límites.

Ya os lo podéis imaginar, me planté allí en cuanto tuve vacaciones. Al principio todo bien, lo prometido en la agencia se estaba cumpliendo a rajatabla: una carretera sin límites. Al no haber restricciones de recorrido participaba en carreras que cruzaban prados, huertos, autopistas o el mismísimo Gran Cañón del Colorado. Ver la Estatua de la Libertad sin tener que salir del carro, conducir por las Vegas o poder chocarme contra un jodido cohete en Cabo Cañaveral sólo se puede hacer si vais a ‘The Crew’. Desgraciadamente, no tardaría demasiado percibir que aquella cacareada libertad quedaba limitada por un vacío que no se llenaba con kilómetros cuadrados de extensión y reclamos turísticos. Los trayectos entre actividades se me hacían eternos. Ni las atracciones dirigidas a evitar el aburrimiento lograban divertirme… Y no os esperéis el musicón que tenéis en Ventura Bay; se ve que los DJs de Yankiradio están de bajón.

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La desilusión me había invadido al no conseguir encontrar ese jodido lugar al que acudir de vacaciones. Un santuario donde lograr la paz espiritual, abstraído del miedo a una invisible cuenta atrás que dirige a un irremediable sentimiento claustrofóbico, agotado de estar en lugares que no me aportan nada. Mis fallidas experiencias me decían que los miles de kilómetros de carretera no eran la solución. Tampoco un ambiente nocturno festivo mejoraba la historia, tampoco compartir experiencia con colegas con mi misma pasión no parecía suficiente. Como en la música, el cénit de un tema siempre viene precedido por un bajón.

Casualmente, una noche cualquiera me puse a ver un evento televisivo dedicado a recomendar vaijes para la nueva temporada. Total, que mostraron un video promocional que me dejó como a Spike cuando vio a Magnus Walker la primera vez. Allí estaba yo, en el sofá de casa con el culo torcido y el ritmo cardiaco a las mismas revoluciones que el Porche 911 de Magnus al final de una recta. De fondo, la sentida versión del Wicked Game cantada por Annaca, y flotando sobre los giros de su voz, paisajes dignos de un paraíso. Playas cristalinas, aves volando libres, frondosos bosques de palmeras, ciudades presididas por imponentes rascacielos y carreteras sin forma establecida abriéndose paso por cuevas, dunas, poblados o montañas. Y por supuesto coches. Manu, amigo, el mismísimo Ken Block se haría agüita si viese al Ford Rockstar F-150 volar por las dunas de arena.

No os escribo para poneros los dientes largos con los trescientos cincuenta coches a los que vais a poder echar el guante si venís al festival Horizon de Australia. Carracos impresionantes los hay en Ventura Bay y en Estados Unidos, sin han logrado el resultado deseado. Hay un detalle que os va a ayudar a entender de qué va el rollo. En Australia, durante el festival,¡no hay policías! Sí, os lo podéis creer aunque Travis los vaya a echar mucho de menos. La administración y la dirección del evento ponen literalmente todo el escenario a nuestra completa disposición, sin restricciones, sin ataduras. Nosotros decidimos por dónde correr. Nosotros decidimos qué ruta seguir y la velocidad a la que lo queremos hacer. Los radares repartidos son un aliciente para ir aún más rápido. Cuanta más velocidad, más puntuación de cara al festival y más fans para cada uno de nosotros.

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Esos seguidores son los que mueven en evento, los que lo nutren. Es una experiencia gratificante sentir la vida que se respira en las carpas del evento, en las discotecas al aire libre. Allí mismo están dispuestos los concesionarios y los talleres de tuneo. Amy, aunque no lo parezca, en Horizon las modificaciones tanto de prestaciones como visuales tienen un peso muy importante y los clubs de conductores no dejan nunca de compartir su material. Es más, evolucionar los coches es básico para lograr algo en pruebas contra otros pilotos como nosotros. Y si de algo estoy seguro… ¡es que el maestro Nakai-san se ha dejado ver por aquí! Y no sólo por el tuneo. Australia es el lugar idóneo para los amantes de la velocidad. Pero tengo un pequeño problema. ¿Cómo haceros partícipes de lo que se siente?

BMW siempre ha tenido un equipo de publicistas que a la hora de vender su producto han recurrido siempre a un punto de partida que me viene al pelo. El lema «¿te gusta conducir?» no deja de ser una pregunta retórica que va de la mano con su obvia respuesta. Hicieron buen uso del lema «be water, my friend» de Bruce Lee haciendo referencia a la fusión de su X3 con la carretera. Luego llegaría su «la carretera lo es todo, todo es la carretera». La misma agencia decía que «todo empieza, siempre, en alguna parte, en algún punto y forma un recorrido que es parte del ambiente que nos rodea y también de nosotros mismos, y nos hace ser como somos. Todo se convierte entonces en una carretera. Un camino que puede medirse en tiempo, en cantidad, en cúmulo de sensaciones y en distancia». Curiosamente, esta cita encaja perfectamente en la filosofía Horizon. En Australia la carretera es todo, todo es la carretera.

Ca – rre – te – ra.
Carretera es un camino que va al bosque,
es un camino que incluso a veces no se ve,
carretera, es un par de tijeras,
es un sonido constante, unos pasos de baile,
carretera es mirar a una chica, cuando se aleja,
es el principio de una película, es un fideo en la sopa,
es una constelación de estrellas,
carretera es el abecedario,
es abrir una puerta,
carretera puedes ser tú.
Sé la carretera.

El comercial de BMW de 2008 ejemplifica a la perfección lo que supone conducir por Australia. Australia es bosque, es un camino que no se ve, es un sonido constante de motores, el baile de las aves sobrevolando nuestros capós. Australia es mirar a aquella conductora alejándose por la carretera al comenzar la aventura diaria, observar un cielo estrellado como nunca antes lo habías visto, o el suave movimiento de las nubes cruzando el firmamento, impasibles ante nuestra locura aquí abajo. Australia es la armonía que nace cuando todos los elementos están equilibrados y en sintonía. Paisajes de postal, una geografía digna de una atracción de feria, actividades muy bien repartidas por todo el mapa, radios musicales para cada momento y persona, y una organización de evento que os hará sentir como los protagonistas absolutos. En Australia somos la carretera y sin limitaciones elegimos nuestra ruta.

¿Cómo se puede conseguir ese nivel de diversión? Por lo que pude saber, Horizon lo organiza gente con contrastada experiencia en otros festivales y competiciones automovilísticas. Profesionales que saben que para disfrutar conduciendo en entornos abiertos todos los elementos que nos rodean deben estar a la altura de coches de un millón de dólares. Incluso la radio —que allí se convierte en varias emisoras independientes tanto en forma como en contenido— no hacen más que endulzar un poco más una experiencia transformada en sublime. Sentirse parte de un todo no es tarea sencilla. Ésa es la diferencia real entre Horizon y el resto de mis destinos.

El escenario nos entiende y nos acoge sutilmente. Una vez entras te sientes como en casa. Los elementos que nos envuelven nos señalan como protagonista absoluto. Horizon sabe como camelarnos, conscientes de que el conductor agradece el relax producido por unas bonitas vistas por la ventanilla y la adrenalina de unos recorridos de infarto en compañía de once pilotos más junto a una banda sonora que seguro encontrará su lugar en vuestros eclécticos tímpanos. Y de ahí esta carta, para animaros a que nos veamos en las próximas vacaciones. De momento, y para que vayáis abriendo boca, os dejo aquel video con el que empezó todo.

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