Perdidos en… Westerado: Double Barreled

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30 octubre, 2018

Con esto de la fiebre por ‘Red Dead Redemption II’ estamos de un aficionado al western en estos tiempos que no es ni medio normal. Y aprovechando la circunstancia, aquí venimos a sugeriros una alternativa para los usuarios de PC con querencia por la estética de píxel gordo pseudoretro: ‘Westerado: Double Barreled’, obra de los bribones conocidos en las praderas y desiertos de Steam como los Ostrich Banditos, y editado por los rufianes de Adult Swim Games. Poniéndonos en las botas de un vaquero en busca de venganza, ‘Westerado’ nos ofrece un terreno para explorar que, a pesar de sus dimensiones más modestas que los del sandbox de gran presupuesto, contiene una infinidad de recovecos interesantes que visitar.

Pero empecemos por donde es normal comenzar, es decir, por el principio. Somos un vaquero al que le acaban de matar la familia y, de paso, incendiado el rancho. ¿Qué podemos hacer? Pues, una vez visitada la cercana casa de nuestro tío, que nos pondrá en antecedentes sobre cómo manejar un arma, toca viajar al norte. Ahí, situada en medio del mapa, se encuentra la principal población de la región, Clintville, y en ella podremos iniciar nuestras pesquisas. Clintville cuenta con su propia oficina del sheriff, un banco en el que depositar nuestro dinero (y así no perderlo si las cosas nos salen mal en un enfrentamiento con forajidos), y un saloon en el que echar a perder nuestro hígado —con el garrafón local— o nuestra economía —con las partidas de póker al estilo de Texas que tienen lugar en una de sus mesas—; frente a este edificio se levanta la estatua en honor al fundador de la población, East Clintwood (¿de qué me sonará ese nombre?).

¡Bienvenidos a Clintville!
Un minuto de silencio por los que ya no están...

¿Una partidita?
¿Volverá el tren algún día a la ciudad?

En caso de que nos haga falta un guía, un amigable minero de Louisiana que vive por esos lares nos ofrecerá una breve visita guiada por la parte central de la villa. ¿Parte central? Claro, porque Clintville es más grande de lo que podría parecernos nada más llegar. Al sureste encontramos su estación de tren, punto de comunicación con el resto del mundo; al menos, lo era antes de que un sospechoso derrumbamiento cegara el túnel hacia el oeste. Junto a la estación, la tienda local nos ofrece todo lo que nuestro vaquero pueda desear en materia de trajes y, lo que es más importante, armas. Si volvemos al centro de Clintville y vamos hacia el norte, encontraremos su iglesia y, más allá, su cementerio… aunque este último lugar no es una visita muy recomendable ahora mismo, teniendo en cuenta la alta presencia de pistoleros en la zona.

Y hablando de pistoleros, al este del cementerio, siguiendo las vías desde la estación de tren hacia el norte, encontraremos la vieja mina de Clintville, hogar de muchos de estos forajidos y, según las leyendas, del espectro de un minero que murió durante el último gran derrumbamiento de las galerías. Hay quien dice que el fantasma es en realidad alguien que, por motivos desconocidos, se esconde en las profundidades. También se comenta que las minas conectan con los túneles del tren, y con otros lugares de la región. Quién sabe, lo que es seguro es que, a su entrada, una mujer espera sin descanso que alguien le traiga noticias del destino final de su marido, desaparecido cuando fue a rescatar a un compañero.

Yo no maldigo mi suerte/porque minero nací...
Allá en el Rancho Grande, allá donde vivía...

Únete al Ejército, decían. Verás mundo, decían.
Trata al búfalo con respeto, rostro pálido, o te la ganas.

Pero abandonemos por un momento Clintville, y vayamos hacia el sureste; ahí nos encontraremos las explotaciones ganaderas de los rancheros Cobb y Richards, donde podemos encontrar trabajo escoltando rebaños de búfalos hasta el Fuerte Motors, en el extremo oeste del mapa; esta fortificación, primera línea de defensa frente a los indios, siempre anda necesitada de ganado para alimentar a las tropas. Si por algún motivo somos más de confraternizar con los indios, al este de la entrada a la mina podemos convencer a un grupo de ellos para que nos franquee el paso a su territorio, o acceder a él por los túneles de las minas; nos espera una zona de naturaleza casi virgen, entre hermosos bosques y praderas de hierba.

Volvamos a Clintville, y tomemos desde allí el camino hacia el noroeste; no tardaremos en encontrar el rancho de Bob, levantado a orillas de un río y justo al sur de un frondoso bosque. El ranchero es el vecino más cercano del magnate del petróleo local, cuya opulenta mansión se levanta justo al oeste, y el más reticente a las presiones que el susodicho ejerce sobre los ganaderos para que le vendan sus tierras; un vaquero emprendedor puede sacar partido del conflicto existente entre ambos, y (quizás) averiguar un poco más sobre el asesino de su familia en el proceso. Ahora bien, si pretendéis ir más al oeste por vuestros propios medios, ¡cuidado!, os aguarda un gigantesco desierto lleno de escorpiones, coyotes hambrientos y maleantes desesperados y suspicaces, en el que le muerte acecha tras cada cactus y los restos de ciudades fantasma ofrecen un mudo testimonio de los intentos fallidos de colonizar la desolación.

En este desierto, hasta los escorpiones tienen sed.
Hace demasiado que Santa Anna no ve una mísera locomotora.

El magnate petrolífero local trata con una subordinada con mal carácter.
La mercería, para todas tus necesidades en sombreros

Pero ¿por qué querríamos cruzar tan desolado paraje? Pues, por ejemplo, para llegar a Santa Anna, la otra población importante del área, que comunicaba con Clintville por tren hasta el derrumbamiento del túnel. Santa Anna no goza de tanta población, ni de tantas comodidades, como Clintville, pero al menos tiene su propio saloon. Y además, tiene dos cosas de las que su vecina del este carece: una oficina del Buffalo Express —¡el servicio de correo más rápido de todo el Oeste!— y una mercería en la que podemos comprar sombreros que adornen nuestra cabeza y, de paso, la protejan de balas perdidas. Lo que le falta a Santa Anna es agua, ya que algo o alguien ha cegado el cercano torrente que la alimentaba… y esa es otra vía para que un pistolero valeroso se gane algo de ayuda en la búsqueda del asesino de su madre y su hermano desfaciendo otro entuerto.

¿Qué misterio ocultan las estatuas animales?
Westerado Um... ¿Qué? Creo que acabo de cargarme la cuarta pared.

Entre todos estos lugares, hay muchos secretos que revelar. Ya hemos hablado del fantasma del minero (¿o es un minero ermitaño?), pero también están las extrañas estatuas animales que los indios dejaron erigidas por toda la región, o las ofrendas de oro situadas sobre ídolos paganos que puntean los recovecos de esta tierra en honor a un búfalo que, según los indios, trae la prosperidad. Por no hablar de los escondites de botín que algunos cuatreros guardan en rincones escogidos, y que vigilan con celo de perro guardián. Y ¿quién sabe? Puede que encontremos un lugar que desafíe nuestra comprensión de la realidad de lo que vivimos, y que nos haga sentir actores en un drama artificial… o puede que sólo hallemos uno de los campos petrolíferos del magnate del petróleo. Todo ello, sin olvidarnos de encontrar al asesino de nuestra familia y, tal vez, sorprendernos al descubrir los motivos de su atroz acto.

¡Se ha hecho justicia! ¡Ahora, a cabalgar hacia la puesta de sol!

De modo que, si el cuerpo os pide Salvaje Oeste, os invito a ensillar el caballo y galopar hacia Clintville: hay una venganza que cumplir, multitud de parajes interesantes que visitar, y gente interesante a la que conocer… y quién sabe si abatir a tiros; después de todo, en el Oeste la ley de un hombre es su arma, y a veces toca ser más rápido aplicándola que el de enfrente.

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