La ciudad que no duerme
—Capítulo 2: Llegada a Treno—

por

2 junio, 2015

Índice:
Capítulo 1: De Lindblum a Treno
Capítulo 2: Llegada a Treno

Ilustración original por Míriam Santos («Mir Mochi»)

El viaje de Lindblum a Treno resultó mucho más cómodo de lo que jamás me habría atrevido siquiera a imaginar. Resultó que los amigos de Vivi tenían una aeronave. Eran una banda de compañeros bastante peculiar, que recorría el mundo en cierto tipo de misión trascendental situada en algún punto entre «encontrar riquezas» y «salvar a toda la humanidad». Al principio, mostré mucho interés en sus aventuras, pero pronto fue obvio que mis preguntas suscitaban elevados grados de incomodidad entre mis —por otro lado— amables benefactores. Durante los tres días de viaje, dispuse de tres comidas diarias, agua fresca y baño para asearme, e incluso me prestaron una mullida almohada de plumas de chocobo.

Fue al amanecer del tercer día cuando una pequeña muchacha de abultado y anacrónico peinado anunció a bombo y platillo que habíamos llegado a Treno. La muchacha, que tenía un pequeño cuerno asomando en su frente, había estado callada durante gran parte del viaje, aunque la verdad es que ninguno de ellos era demasiado hablador. El Hilda Garde III —que así se llamaba la aeronave— tomó tierra realmente cerca de lo que me habían señalado como Treno, durante el anochecer. Recuerdo que mi despedida no fue especialmente emotiva con el extraño grupito, pero no pude sino abrazar a Vivi tan fuerte como para levantarle. Me dieron un hatillo con lo que supuse sería comida; tal vez un par de aquellos ricos almuerzos que la extraña señora de exagerada sonrisa y enorme pandero cocinaba con tanto ahínco. Me dije que no me vendrían mal, por lo que los acepté agradecido e hice —una vez abajo— un último ademán de despedida, mientras observaba cómo la imponente aeronave se elevaba de nuevo.

A pesar de estar acostumbrado a apañármelas solo, no pude evitar sentirme ciertamente desangelado al separarme de mis improvisados compañeros

Andaba pensando en la buena suerte que había tenido cuando me percaté de que allá estaba el límite sur de Treno. Podía ver lo que desde mi punto de vista parecía una muralla formada por edificios oficiales de lisa roca color marfil y tejados del color de la noche. Amplios ventanales miraban curiosamente hacia afuera, y prácticamente todas sus tenues luces estaban encendidas. A la velada luz del anochecer y visto desde fuera, pareciera que Treno fuera un lugar cálido y tranquilo, un remanso de sosegada calma en mitad de una de las zonas más peligrosas del Continente de la Niebla. No tuve que acercarme mucho más antes de divisar a dos serios guardias embutidos en azuladas armaduras de un estilo nada moderno, similares a las utilizadas en obras de teatro de época. Los centinelas cruzaban sus lanzas frente a una puerta de verja plateada, en una mueca innecesariamente ceremoniosa.

—Buenas noches, señores —dije esperando que no me dejaran entrar.

—Adelante, viajero —respondió el bigotudo funcionario.

Los guardias retiraron las lanzas y abrieron, lentamente, la suntuosa verja. A duras penas podía creerlo: hacía menos de una semana, tan sólo había oído acerca de Treno, principalmente a transeúntes de Lindblum complemente ajenos a mi existencia. Sin embargo, ahora estaba allí mismo, con la incertidumbre producto de un plan perfecto por completo dependiente de las palabras de un extraño. En ese momento, me entró el pánico. «¿Y si me he precipitado?», me dije. Era cierto que en Lindblum no tenía nada, pero al menos conocía a la amable camarera de la cafetería frente a la estación, y siempre que podía ingeniárselas para sacarlo sin que su jefe lo advirtiera, solía darme buenos coscurros de pan duro, las más de las veces antes de que enmohecieran. Además, me conocía de memoria los mejores sitios y horas para mendigar unos guiles, y también disponía de varios escondrijos secretos donde —a pesar de la incomodidad— uno podía dormir seguro.

Observatorio

La exasperada tos de uno de los centinelas me trajo de nuevo al mundo real. Me había quedado parado en medio de la puerta, con una estúpida expresión dibujada en el rostro. Era el momento de dar el paso: entrar en Treno. De todas las locuras y faltas de responsabilidad que he cometido en mi vida, sin duda dar aquel paso fue una de las más difíciles de ejecutar, pero no es menos cierto que, de no haberlo hecho, hoy en día no sería la persona que soy. Durante el viaje a bordo del Hilda Garde III, había imaginado aquel momento. En mi cabeza, entraba en Lindblum entre tañidos de campanas, un coro angelical y el dulzón sabor de la victoria pegado al paladar. Y sin embargo… nada.

Escuché la verja detras de mí y a los guardias retomar una conversación intrascendente. Levanté la mirada y pude ver la plaza de la entrada en todo su esplendor: una pequeña plazoleta que acogía al recién llegado con el calor de su tenue iluminación, el suave murmullo del agua corriendo en su preciosa fuente de piedra y los lánguidos paseos y cuchicheos de la nobleza local. Impregnaban estos últimos el ambiente de perfume caro y glamour a partes iguales.

Un rápido vistazo me bastó para apreciar que se trataba de una ciudad mucho más pequeña que Lindblum, de una belleza más bohemia que ordenada, de líneas redondeadas y evidente afición por la asimetría. En aquel anochecer, desde aquella plazoleta, la ciudad estaba radiante, sus vetustos edificios oficiales luciendo en el centro, con la intensidad perfectamente adecuada de la luz lunar acariciando sus paredes, favoreciendo sus formas. La centenaria muralla exterior bordeaba la ciudad acunándola, con sus soportales de madera y sus casitas destartaladas en contraste con la solidez de los muros. Daba el toque romántico la silueta de las enjutas y esbeltas torres, que troqueladas sobre la Luna ejercían de sempiternos guardianes nocturnos de la bella Treno.

Ya fuera en Lindblum o en Treno, uno tenía que alimentarse, así que decidí resolver el asunto de la subasta al día siguiente

De tan maravillado que estaba, la boca se me vino a secar, y fue el murmullo agradable del agua fresca lo que me condujo, todavía hechizado, a la práctica pero preciosa fuente de piedra de la entrada. Una vez allí, introduje la cabeza entera dentro del agua y, por un largo rato, estuve bebiendo hasta quedar completamente saciado. Ya me retiraba cuando vi un curioso brillo en el fondo. «¿Podía ser?», me dije. Parecía una moneda de diez guiles. Pero… ¿Cómo podía tener tanta suerte? Me arremangué como pude las mangas y, no sin mojarme un poco, logré hacerme con ella. Extrañamente, al hacerlo me sentí un poco infeliz, pero ¡qué demonios!, nada que no pudieran curar los exaltados gruñidos de mi hambrienta tripota. Debía de ser tardísimo y, sin embargo, aún no era noche cerrada.

Mir Santos - El mendigo Ayate

Me dirigí hacia el Este bordeando la muralla, donde las casas de piedra desaparecieron abruptamente para dar paso a pequeñas chabolas de madera. Descubrí que aquello formaba parte de la ciudad, y acentuaba de hecho su vena romántica y su belleza. En Treno era común ver las lujosas casas del centro separadas por una sola calle de los poblados chabolistas del extrarradio, situado en aquellas zonas pegadas a la muralla. Recuerdo descubrirlo con tanto asombro como resignación. Sin duda mi sitio debía estar pegado a la muralla, por lo que me adentré por uno de aquellos oscuros callejones de limitada visibilidad, repletos como estaba de gentes que, al igual que en Lindblum, vivían en las calles, tal vez en unas condiciones de insalubridad ligeramente mayores. Apenas alguno de ellos levantaba la cabeza al verme pasar, asintiendo levemente, tanto en señal de aprobación y a modo de advertencia para no alterar su pacífico orden.

Encontré al rato un sitio resguardado entre dos chabolas, bajo un soportal de madera apenas horadado por las termitas. Era el momento perfecto para abrir el hatillo que tan atentamente me habían preparado mis apreciados benefactores. Me disponía a hacerlo cuando el destello de un rayo atravesó la ciudad, y poco después el grotesco sonido de un trueno abría una lluvia torrencial que parecía haber salido de la nada. «¡Qué suerte haber encontrado un sitio resguardado a tiempo!», suspiré. Desenvolví el hatillo para encontrar una fina manta y un paquete de papel de periódico que reveló, al ser desenvuelto, sendos bocadillos de aquella morcilla de ranas que tanto me había gustado.

Pero antes de cenar, decidí emplear todos mis recursos, por lo que elaboré un rudimentario pero práctico gorrito de papel que tal vez me salvara de despertarme durante la noche al caer alguna fría gota de lluvia sobre mi cara. Una vez colocado el gorro, estaba a punto de dar el primer bocado cuando escuché una atolondrada carrera y un chapoteo. Una muchacha pasó corriendo frente a mi refugio, mirándome de soslayo brevemente al pasar. Sin embargo, al poco oí que se detenía y volvía sobre sus pasos.

—Disculpa, pero no te tengo visto. ¿Eres nuevo por aquí? —dijo descubriéndose de una capucha blanca y roja que portaba.

—Buenas noches. Pues sí. Me llamo Ayate y vengo de Lindblum —era una muchacha de ojos pequeños pero avispados, de cabello moreno liso y largo, que le caía empapado hasta la cadera.

—Pues buenas, Ayate de Lindblum —dijo al tiempo que saludaba con la mano—. Yo me llamo Paíka.

—Vas a mojarte toda, Paíka —repuse—. ¿Tienes hambre? Puedes quedarte a pasar la noche aquí si quieres.

De repente, Paíka empezó a reír como si alguien hubiera contado el mejor chiste del mundo. Mi cara de asombro debió hacerle todavía más gracia, ya que por un momento se paró a mirarme y después prorrumpió en risas con mayor virulencia si cabe.

—¿Qué pasa? ¿Es que te crees muy superior como para pasar la noche aquí conmigo? No pretendo nada raro, si es eso lo que estás pensando —le dije, algo exaltado. Ella se detuvo un momento, dándose cuenta de que se había sobrepasado. Entonces sonrió juguetona.

—No, tonto. Es que estás en Treno. Aquí nadie pasa la noche.

Imagen 2 Ayate

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