El miedo a que nos critiquen

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28 enero, 2019

De nuevo una mujer denunciando los males que aquejan al videojuego, esta vez en la TV en horario de máxima audiencia; de nuevo también, por desgracia, un coro de descalificaciones, insultos, y acusaciones de que miente. Bien es verdad que la propia TV no ayudó, al encabezar la noticia en su web un titular engañoso que ponía en boca de la entrevistada la afirmación de que había una mayoría de juegos con mecánicas para violar; lo que había dicho, en realidad, era que existían juegos con esa mecánica, con ‘Monster Monpiece’ o ‘Honey Select’ como notables ejemplos recientes.

Pero no vengo a hablar de eso. Hay gente, empezando por las mujeres del mundillo, que lo puede hacer mejor y con más datos. Vengo a hablar de esa reacción a la defensiva contra una crítica razonada de aspectos del mundillo. Esa ira histérica que esconde un miedo atroz. Miedo a que no nos tomen en serio. Miedo a que nos quiten lo que amamos.

Miedo - El gran carnaval

Ser un millenial o, como en mi caso, un xennial, es recordar los insultos y miradas por encima del hombro en el patio de colegio por decir que jugábamos a los videojuegos; no importa que los que nos insultaran o menospreciaran lo hicieran también, porque lo importante era encontrar una excusa para insultar, y además ellos no hacían gala de ello. Es, también, recordar cómo los informativos atribuían la pérdida de rendimiento escolar, la indisciplina, e incluso hechos luctuosos como el famoso crimen de la katana o el tiroteo de Columbine. Es recordar el miedo a que nuestros padres, intoxicados con informaciones alarmistas o directamente falsas, pudieran llegar a quitarnos nuestros juegos para siempre, o que nos miraran con la sospecha de que podíamos convertirnos en terribles criminales. O el miedo a que aquel fantoche con licencia de abogacía llamado Jack Thompson triunfase en su santa cruzada para prohibir toda clase de videojuegos violentos, empezando por su ballena blanca, el ‘Grand Theft Auto’.

Miedo - Jack Thompson

Dejando a un lado ocasionales brotes de sensacionalismo, esos tiempos han pasado. Los adultos de ahora somos los chavales jugones del ayer, y somos más conscientes que esa prensa amarillista, esos padres del pasado negligentes y esos guardianes de la moral hipócritas de las virtudes y fallos de nuestros amados videojuegos. O deberíamos serlo. Qué lástima que, al parecer, aquellas experiencias hayan dejado una profunda huella en nuestras psiques, y reaccionemos ante cualquier crítica a los males observables en el medio (misoginia, racismo, comportamientos empresariales poco éticos…) como si fuera una nueva llamada a las armas de los cruzados antivideojuegos para exterminar nuestro mundillo. Como una versión inversa de aquellos padres que tiraban los nintendos de sus hijos a la basura porque un mal periodista contaba cuatro mentiras ridículas sobre los juegos para obtener un punto más de share.

No voy a ser tan memo, ni tan ingenuo, de no darme cuenta de que la reacción ante la entrevista a Marina Amores en La Sexta tiene su raíz en un machismo galopante, en un deseo de atemorizar y echar del mundillo a las mujeres que intentan cambiarlo a mejor. Pero en él late también, aunque no sea el factor principal, ese miedo a que sacar los defectos de nuestra afición conduzca a su destrucción. Miedo a la crítica, por razonada y justificada que sea. Y parte de nuestro proceso de maduración como jugadores tiene que ser, por fuerza, librarnos de este miedo; porque, si vivimos prisioneros de él, no seremos capaces de evolucionar como afición, y nuestro estancamiento será el de nuestro medio. Y aquello que se estanca está condenado a morir.

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